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El Misterio/Don de la Vocación de Hermano

n la época de antes del Vaticano II el papel de los Hermanos se entendía fácilmente, se respetaba y se apreciaba. Las grandes Casas de Misión, las imprentas, los cultivos y los ministerios de la casa eran de gran importancia para el apoyo y para la misión de la Congregación. En nuestros tiempos, la cuestión de “qué hace un Hermano” no se entiende de manera tan sencilla. El Vaticano trajo bastantes cambios para los Hermanos en lo que respecta a la amplia gama de actividades en las que encontramos trabajando. La otra cara de esta disponibilidad apostólica es una ambigüedad en la definición de Hermano basada en “lo que hacen los Hermanos”. La situación a veces nos acorrala y nos lleva a hacer definiciones negativas de lo que hace un Hermano: “No decimos misa” “No confesamos”. Este enfoque es del todo inaceptable.

¿Cómo podría responder a esto un Hermano si no es con un tratado ontológico? ¿Cómo puede responder seriamente a la pregunta sobre su vida, su identidad y su llamada? Sugiero que podríamos tratar de abordar la cuestión con algunas preguntas: ¿Qué es lo que los Hermanos aportan a nuestras profesiones individuales? ¿Cómo afecta nuestra formación y nuestro compromiso como Hermanos al ministerio que realizamos y a nuestras opciones profesionales? ¿Cómo afecta la realidad que vivo como Hermano a lo que hago? Este tipo de preguntas, pensadas y reflexionadas en oración, profundizando cada vez más en ellas, nos llevaran a una conciencia más clara del don de nuestra vocación en la vida y nuestra llamada al servicio del Pueblo de Dios. Esta concienciación nos ayudará a explicar (si no de una manera más clara, al menos con más confianza) el misterio de lo que es ser Hermanos.

Los Hermanos viven “en el borde”, así que es difícil definirnos. Con libertad preferimos evitar la fácil terminología de la función oficial, el estatus, o el lugar en la Iglesia. De esta manera, nos identificamos con los profetas y vivimos una experiencia intuitiva que es de difícil entendimiento. Vivir la experiencia libre y creativa de los profetas al ser Hermanos hace que nuestra vida tenga más de una interpretación. Pero es esta ambigüedad la que apreciamos, “bendita ambigüedad”, ya que encierra la realidad de lo que experimentamos en la Iglesia.

Básicamente toda la vida es un misterio de gracia y una llamada. Aun así parece que la vida del hermano es más misteriosa que la mayoría de las vidas consagradas en la Iglesia. ¿Por qué es esto así? Quizá es porque somos pocos. Pero también hay relativamente pocos obispos. Sin embargo, los obispos, teniendo un oficio reconocido en la configuración jerárquica del presbiterado y una función pública, no son del todo desconocidos a pesar de su bajo número.

Quizá tiene que ver con el sacerdocio. Los católicos tienen una reverencia cultural por el sacerdocio sacramental a causa de la centralidad de la Eucaristía en nuestras vidas y en la fe y la adoración de nuestras comunidades. Todo hombre consagrado religioso y célibe que no es presbítero es sospechoso. La sospecha no viene tanto por la falta de credenciales (¿No es suficientemente capaz? ¿No pudo aprender latín? etc.) Sino de la pregunta: ¿Por qué un hombre con talento podría elegir el celibato y la vida religiosa y no querer la alabanza por ser sacerdote? La teología de la llamada tiene una buena explicación, pero la mayoría de la gente se queda perpleja al escucharla.

Quizá la reticencia de los Hermanos a hablar de lo que es más significativo para nosotros tenga que ver precisamente con lo difícil que es explicar el misterio de nuestra llamada. Estas situaciones, sin duda, no son desconocidas para los humanos. Si tratamos de explicar el fenómeno de “enamorarse” uno generalmente hurga en su mente buscando expresiones que puedan narrar adecuadamente esta experiencia. Al enfrentarnos con que las palabras y los conceptos no son adecuados, uno se ve forzado a usar metáforas., símiles o poesías para explicarlo. De esto viene la perplejidad de los que las escuchan. Las experiencias de gran profundidad, como el amor, la vocación, la paz interior, el misticismo y la fraternidad pueden ser más inteligibles si se describen sus efectos. Esto puede ser una clave para desvelar el misterio y un vislumbre para esa bendita ambigüedad.

Durante treinta años o más he abrazado este misterio, este don que es ser Hermano. No puedo imaginarme vivir auténticamente de otra manera. He crecido plenamente en la cultura de esta vocación, mis opciones de vida han sido definitivamente moldeadas, la gracia de Dios gradualmente me ha guiado y las comunidades han sido un lugar de bendición donde esta vocación se ha nutrido.

Nosotros, los misioneros del Verbo Divino necesitamos articular, verbalizar este misterio, este don de ser Hermanos. Porque compartiendo, experimentando y expresándonos es como encarnamos al Hermano, al don de nuestra vocación. Los sociólogos dicen que las diferentes culturas no son más que diferentes formas de afrontar la pregunta por el sentido de la existencia personal. El lenguaje, los rituales, las tradiciones, los mitos, las historias que compartimos son una cultura de hermandad que nos reúne en nuestra búsqueda de Jesús, el sentido último de nuestra existencia personal.

USC, 29 enero 2007.
Br. Bernie Spitzley, svd.