Divine Word Missionaries

The Founding Generation


Founding Generation


Volver a

La generación de fundación

Área reservada

Mapa del sitio

Inicio


EL MISIONERO VERBITA DE TIROL DEL SUR EN CHINA
José Freinademetz
Una vida al servicio del pueblo chino
 
José Freinademetz
(1852–1908)

Pionero de la Misión del Verbo Divino en China,
canonizado junto a
Arnoldo Janssen
el 5 de octubre de 2003


El idioma del amor
es el único idioma
que todos entienden.

José Freinademetz

J.F.

Fechas importantes de su vida
15-04-1852 J. F. nace en Oies, Tirol del Sur
1858-1862 Escuela primaria en “ladino”, su lengua materna, en Badía
1862-1876 Escuela primaria en alemán, Bachillerato y Filosofía/Teología en Bressanone
25-07-1875 Es ordenado sacerdote
1876-1878 Vicario parroquial en San Martino, valle de Badía
1878-1879 Ingresa y permanece en Steyl
02-03-1879 Fiesta del envío en Steyl;
10-03-1879 Despedida de su patria
1879-1881 En Saikung, Hong Kong
1882 Llega a Puoli, Shandong meridional
1882-1884 Misionero itinerante
1884-1886 Administrador de la Diócesis
15-08-1886 Emite los votos perpetuos
1886-1890 Misionero itinerante
1890-1891 Administrador de la Diócesis
1892 Coordinador del Sínodo Diocesano.
1893-1894 Director de la formación de catequistas
1895-1897 Director del Seminario
1897-1898 Administrador de la Diócesis
01-11-1897 Asesinato de los PP. Nies y Henle
14-11-1897 Tropas alemanas ocupan la bahía de Kiaochow
1898 Erección de nuevas misiones en el Este y Sur de Shandong
1899-1900 Administrador de la Diócesis
1900 Revolución de los Boxers
1900 Es nombrado Provincial
1903-1904 Administrador de la Diócesis
1904-1907 Diversos cargos bajo el Obispo Henninghaus; Erección del Centro Provincial en Taikia
1907-1908 Administrador de la Diócesis
28-01-1908 Fallece en Taikia, Shandong meridional
19-10-1975 Pablo VI beatifica a J. F. junto con A. Janssen
05-10-2003 Juan Pablo II canoniza J. Freinademetz y A. Janssen en Roma

 José Freinademetz –
¿Un santo?

No tenía carácter de caudillo; no fundó ninguna Congregación religiosa ni fue Obispo; fue, por así decir, el eterno segundón. No escribió ninguna obra teológica de renombre ni desarrolló ningún nuevo método misionero; no murió mártir, sino, como tantos otros, fue víctima de una epidemia de tifus.

¿Por qué la Iglesia canoniza una persona así?

Cuando falleció, dijo un chino: “Siento como si hubiese perdido a mi padre y a mi madre. Amó a los chinos, “sus” chinos, y los amó tanto que por amor a ellos nunca regresó a su amada patria. Fue sepultado entre ellos y también en el cielo quería estar con ellos. José Freinademetz fue, como la misma Iglesia declara, un “Santo del amor al prójimo”.

“Cuando hablamos de autorrealización, el cristiano debe pensar en la realización en Cristo” ha dicho el Papa Juan Pablo II. Para la Iglesia los santos son “amigos de Dios”. Un proverbio latino reza: “Querer y rechazar la misma cosa, significa amistad”. José Freinademetz vivió este tipo de amistad. Amaba lo que Cristo amaba, y rechazó lo que no podía compaginar con la voluntad de Dios.

Al comenzar su actividad en Shandong meridional escribió: “Me encuentro solo, en medio de un pueblo totalmente pagano. Deo gratias. Ahora bien, ¿qué podré emprender aquí, qué podré organizar? ¡Buen Dios, construye Tú, de lo contrario construyo de balde; lucha Tú, vigila Tú, si no yo vigilo de balde! La cosecha podría ser grande, pero… ¡Dios lo quiere! ¡Por lo tanto, manos a la obra!”

Ser misionero no lo considero
un sacrificio que ofrezco a Dios,
sino una gracia que Dios me regala.

José Freinademetz -
Misionero de Steyl

Arnoldo Janssen, con unos pocos que le fueron fieles, fundó en el otoño de 1875 en el pequeño pueblo Steyl, Holanda, el primer seminario misionero en el ámbito de habla alemana. El principio fue tremendamente modesto. Sin embargo, a través de su amplio y bien llevado apostolado de la prensa, el seminario misionero fue muy pronto conocido. El “entusiasmo misionero” de la Europa de entonces, hizo que del humilde comienzo de Janssen se desarrollara muy pronto una Congregación religiosa: Los Misioneros del Verbo Divino.

También a los valles montañosos del Tirol llegaron las noticias de la joven Congregación y encontraron eco en el corazón del joven sacerdote José Freinademetz. Su gran deseo de ser misionero, desarrollado durante los años de seminario, lo empujó a actuar rápidamente. En enero de 1878 por el boletín diocesano de Bressanone se enteró del seminario misionero en Steyl. A finales de agosto ya estaba en Steyl y en marzo de 1879, junto con Juan Bautista Anzer, partió hacia China como el primer misionero del Verbo Divino.

José Freinademetz no se hizo misionero en Steyl, sino en China – y el proceso fue muy personal y algunas veces doloroso. Al final de ese proceso él ya no consideraba al pueblo chino como objeto al que fue enviado a bautizar, sino como el pueblo con y entre quienes deseaba vivir el amor de Dios, haciendo palpable ese amor. Este es el legado perdurable de su vida para los misioneros y misioneras de Steyl y para toda la Iglesia.

Hijo de las montañas

INFANCIA Y JUVENTUD

José Freinademetz nació el 15 de abril de 1852 en la pequeña aldea de Oies, perteneciente al pueblo de Badía, rodeada por las montañas Dolomitas. Badía, junto a otros pueblos que componen la “Alta Badía”, es hoy meta de muchos turistas y amantes del esquí. Entonces era un estrecho valle montañoso apenas accesible, cuyos moradores vivían en medio de estrecheces.

Los habitantes del valle de Badía, al igual que los pobladores de los valles vecinos, pertenecen a una minoría que hasta hoy conserva su propio idioma, el ladino. Cuando nació José Freinademetz, los valles de las Dolomitas eran parte de la Provincia autónoma de Tirol que desde el siglo XIV pertenecía a Austria. En 1919 las potencias vencedoras adjudicaron a Italia la parte sur del Tirol, y por tanto también el valle de Badía.

La familia Freinademetz - José era el cuarto hijo y le seguirían otros nueve, de los cuales cuatro fallecieron poco después de nacer - poseía una pequeña granja. Oies está a 1.500 metros de altura y fuera del heno no crece mucho más. Media docena de vacas, unos pocos cerdos, algunas ovejas y un caballo constituían la base económica de la familia Freinademetz.

La vida de cada día estaba profundamente enraizada en las tradiciones católicas. El día comenzaba con el Ángelus y terminaba con el rezo comunitario del rosario ante el altar familiar. El padre, Juan Matías, desde el comienzo del año hasta el otoño, peregrinaba una vez a la semana al antiguo santuario de la Santa Cruz, a 2.000 metros sobre el nivel del mar, y diariamente, junto con los hijos, participaba en la santa misa en la parroquia de San Leonardo, a 20 minutos de Oies.

1852
José Freinademetz
nace como cuarto
hijo del
matrimonio Juan
Matías y Ana María


Casa natal de José
Freinademetz en Oies,
Valle de Badía, alrededor
de los años sesenta

Después de cuatro años de escuela elemental en San Leonardo, el pequeño “Üjöp”, (José en ladino) pasó a la ciudad de Bressanone, ciudad episcopal, lo que significaba once horas de camino, ya que entonces eran pocos los caminos en el valle de Badía. En Bressanone se hablaba solamente alemán, que él a penas conocía. Hoy en el valle de Badía se habla, además del ladino, también italiano y alemán. Después de asistir dos años a la escuela elemental en alemán en Bressanone, pasó al colegio. José Freinademetz tenía facilidad especial para los idiomas; por lo demás no sobresalía en talento.

HACIA EL SACERDOCIO

En 1872 ingresó en el seminario. Al frente de la Diócesis de Bressanone estaba el Obispo Príncipe Vinzenz Gasser que tuvo un destacado papel en el Concilio Vaticano I. En la pequeña sede episcopal reinaba, ya en aquel entonces, un extraordinario espíritu misionero abierto al mundo. Tanto en el colegio como en el seminario, José Freinademetz tuvo profesores que tenían estrecho contacto con misioneros. Aquí nació en José la idea de ir, alguna vez, a las misiones.

En 1875 fue ordenado sacerdote. Un año más tarde finalizó sus estudios y fue enviado como vicario parroquial a San Martino, en su valle natal de Badía, donde se ocupó principalmente de la escuela, y donde se fue fortaleciendo su idea de la vocación misionera.


Bajo la majestuosa “Sass dla Crusc” ("montaña de la Cruz”), de casi 3.000 metros, se encuentra Oies (grupo de casas al centro de la foto) y en el valle los pueblos San Leonardo, Pedraces y La Ila.

POR STEYL HACIA CHINA

En 1878 leyó en el boletín de la Diócesis un informe sobre el seminario misionero de Steyl. A partir de ahí su decisión fue firme. El 27 de agosto llegó a Steyl, Holanda. Arnoldo Janssen había abierto aquí el primer seminario misionero alemán, ya que en Alemania misma no era posible por motivos políticos. El 2 de marzo de 1879 José Freinademetz recibió la cruz misional, junto con Juan Bautista Anzer, de manos del Nuncio Apostólico. Después de una breve despedida de su familia y de su patria -que para Freinademetz era una despedida para siempre- el 15 de marzo se embarcaron en Ancona, Italia, rumbo a China.

Recordatorio de la partida
de J. F. hacia China.

El 20 de abril los dos primeros misioneros del Verbo Divino pisaron tierra china en Hong Kong. Para Freinademetz comenzaron, bajo la guía del misionero italiano Luigi Piazzoli, dos años de “noviciado misionero” en Saikung, pequeña estación misionera en el interior de Hong Kong. En 1881, cuando fue asignado a los Misioneros del Verbo Divino su propio territorio misional en la Provincia Shandong, quedó marcado el derrotero de la vida del misionero de las Dolomitas. José Freinademetz, con excepción de tres semanas de estadía en Japón por motivos de salud, nunca más abandonaría Shandong.

Visión de un Tirolés
del mundo y de la Iglesia

El viaje a Steyl fue para José Freinademetz el primer viaje largo fuera de los valles montañosos de su tierra natal. Tenía 26 años. Su vida, sus costumbres, su visión del mundo y de la Iglesia estaban impregnados y modelados según su pequeño mundo profundamente católico. La moral eclesial determinaba la vida pública y privada, el calendario litúrgico el transcurrir del año. Su patria tirolesa, por su fidelidad a la Iglesia, era conocida como “tierra santa”. Tan tarde como en 1837 los protestantes fueron expulsados del Tirol debido a sus creencias. El Obispo Príncipe de Bressanone Vinzenz Gasser combatió con todos los medios contra la libertad religiosa promovida por el gobierno de Viena, y en 1876 presentó su dimisión al Papa Pío IX porque se erigieron en su Diócesis dos comunidades protestantes.

La gente de San Martino saludaba a su sacerdote con un “alabado sea Jesucristo” y los niños le besaban la mano. En sus sermones, según la costumbre de entonces, dominaban los temas del pecado y del infierno. Este era el medio ambiente en el que se movió y creció José Freinademetz.


El neo-sacerdote José Freinademetz.

1875
J. Freinademetz fue
ordenado sacerdote
por el Obispo
Príncipe
Vinzenz Gasser.

Al desembarcar en Hong Kong en 1879 era consciente que, a partir de ahora: “a convertir a los pobres paganos y a exterminar los ídolos y la incredulidad”. “Cuando pienso en las gentes y países sobre los que reina la oscura noche del paganismo, donde no se conoce la verdadera religión, en esas gentes que, no obstante todo, son nuestros hermanos y hermanas, mi corazón bate fuerte y mis ojos se llenan de lágrimas”, había dicho en uno de sus sermones en San Martino. Y en su sermón de despedida afirmaba: “Conozco la horrible miseria de nuestros hermanos en ultramar, que nos piden ayuda con los brazos extendidos y lágrimas en los ojos.

La transformación exterior

Desde los angostos valles tiroleses a la internacional Hong Kong: esto no podía resultar bien. En Hong Kong había entonces 140.000 chinos, de los cuales sólo unos 1.000 eran católicos. El resto de la población, unos 10.000, eran un conglomerado de ingleses, portugueses, americanos, franceses, alemanes, españoles, filipinos, indios y persas, de los cuales pocos tenían algo que ver con la Iglesia. Por otra parte, estaba la pequeña Saikung, sucia aldea de pescadores, donde aprendía el idioma y donde contrajo la malaria y trastornos estomacales e intestinales: en resumidas cuentas, un lugar no muy apto para estallar de entusiasmo.

SOLO Y DESENGAÑADO

1879
El hijo de las
montañas tirolesas
comenzó en Hong
Kong a transformarse
en chino

Externamente José Freinademetz se convirtió en chino: transformó su nombre en “Fu Jo-shei Shenfu”, abreviado “Fu Shenfu”, “Sacerdote de la felicidad”. De su rubicundo cabello quedó un mechón en la nuca, al que se sujetó una trenza negra postiza. En lugar de la sotana europea, vestía la toga china azul y en lugar de los zapatos de cuero, las zapatillas de lino. Su mentalidad, sin embargo, siguió siendo europea, tirolesa, y aún llena de prejuicios. La pequeña iglesia de la misión le parece demasiado miserable; la pagoda al pie de la colina de la iglesia, por el contrario, le parece suntuosa, y ve con envidia a la gente entrando y saliendo continuamente. Él tiene sólo un interlocutor chino que trata de enseñarle el idioma. Semanas enteras permanece solo, ya que el P. Piazzoli aprovecha la oportunidad para visitar las otras comunidades. Todo esto mina su ánimo. Después de año y medio se cambian los papeles y es él ahora quien navega de isla en isla y se traslada de aldea en aldea en busca de los pocos y desperdigados cristianos e intentando ganar adeptos para su fe, pero sin éxito. Su nariz, demasiado larga para los chinos, es más interesante que lo que dice. Vienen para admirar un exótico europeo, mas no para escuchar su mensaje. Lo más horrible de todo es que le griten “demonio extranjero”. Él dejó familia, amigos, patria, todo, para liberar a los chinos de las garras del demonio, y la gente a él le llama ¡demonio! Esto le retumba en los oídos y se aferra a él como lapa. Su reacción es ver al demonio actuando a sus anchas por todas partes. Los templos son para él casas del demonio, las fiestas religiosas son fiestas del demonio, con fuegos artificiales y lanzamiento de salvas en honor al demonio; las ofrendas son presentadas al demonio. Resumiendo escribe: “China es, sin lugar a dudas, el reino del demonio. No es posible dar diez pasos sin que tu vista choque con toda clase de caricaturas demoníacas y las más variadas diabluras”.

El desengaño personal se convirtió en juicio global dominado por un sin fin de prejuicios: “El carácter chino, para nosotros europeos, no tiene nada de atrayente. …El Creador no ha dotado a los chinos con las mismas cualidades que a los europeos. …El chino no es capaz de elevarse a pensamientos superiores”.

Sin reconocerlo él mismo, revela el tipo de espejismos que ha estado siguiendo: “Y esto es lo que el joven misionero siente con mayor amargura: Llegó de Europa cargado de ardiente celo e ilusiones; deseaba que a la noche sus brazos se desplomasen exhaustos de tanto bautizar y predicar, que cada año ante sus propios ojos fuesen derruidas algunas pagodas para dar lugar a otras tantas iglesias”. En cambio…

José Freinademetz es un hijo de su tiempo y de su origen. No hay lugar para otras religiones. Ser misionero significa ganar almas para la fe católica. No lo consigue en la medida deseada y, por lo tanto, se siente desengañado y frustrado.

La transformación interior

Los desengaños personales, los problemas de salud que le dificultan la adaptación y la frustración por el fracaso, lo ponen ante un problema fundamental y existencial que le obliga a repensar su vocación. Además surgen pensamientos que no vienen de un día para otro; seguramente reflexionó, meditó y rezó mucho antes de escribir estas líneas que resume bajo el título “alegrías del misionero”: “Si existe sobre la tierra una obra grande, grande por la excelencia de su finalidad, digna de admiración por el número y cualidad de los medios y éxitos, esa es la religión del crucificado y el apostolado inseparablemente unido a ella. …Bajo esta luz todo recibe un color nuevo y totalmente peculiar; lo que en sí es pequeño e insignificante adquiere un peculiar encanto, lo amargo una peculiar dulzura. La silenciosa soledad y el total abandono hablan al corazón del misionero, y porque el buen Dios está tanto más cerca cuanto más lejos los hombres, el misionero con frecuencia no sabe si llorar por el dolor interno, lanzar gritos de alegría o las dos cosas a la vez”. No son palabras de un hombre mayor. Tiene 28 años y es por lo tanto una persona llena de energías y ganas de trabajar, cuando escribe estas líneas que rayan en lo místico, al finalizar sus dos años en Hong Kong. Él considera estos dos años como su “noviciado misionero”. Son años decisivos, años en los que encuentra la base y el fundamento espiritual sobre los que podrá construir su vida en China.

La indumentaria china no hizo de José Freinademetz un hombre nuevo. Él lo siente y reconoce lo que falta por hacer: “Lo importante queda por hacer: el cambio del hombre interior, estudiar el modo de pensar de los chinos, las costumbres y usos chinos, el carácter y aptitudes de los chinos; esto no se consigue en un día, ni tampoco en un año, ni tampoco sin alguna dolorosa operación”.

“Fu Shenufu” - Sacerdote de la felicidad.

Sin pensarlo, con estas palabras describe el programa de su vida. Se libera de sus mezquinos pensamientos y se convierte en el genial misionero. Ahora está equipado de la mejor manera para emprender la construcción de la primera misión encomendada a los Misioneros del Verbo Divino en tierra china en Shandong meridional.

El 1881 José Freinademetz deja Hong Kong. Después de un nuevo estudio del idioma, ya que el chino de Shandong es distinto al de la colonia británica, en marzo de 1882 llega a Puoli, futura estación central de la misión de los misioneros del Verbo Divino. Shandong meridional no será solamente su campo de trabajo, sino también su nueva patria.


El P. José Freinademetz parte de Tsingtao.

Misionero itinerante

Lo que ya había experimentado en Saikung, lo vive también en Shandong. Este extenso territorio donde nunca holló pie europeo, lo recorre José Freinademetz de aldea en aldea. Además de un chino casi ciego pero fiel a él, se encuentra totalmente solo durante semanas y a veces meses. Durante dos años sigue este ritmo. Luego, tras breve pausa, de nuevo durante cuatro. Siempre viajará con frecuencia, bien como simple misionero, o como Pro-vicario, como Administrador, como Provincial o Visitador. Viaja a pie, en mulo o a caballo, en carreta o en una simple carretilla. Llega a conocer el territorio de la misión como ningún otro, y no solamente el territorio, sino ante todo la gente. A partir de ahora y durante toda su vida, realizará lo que como joven en Hong Kong consideraba como la tarea más importante: Fu Shenfu estudia a “los chinos, su modo de pensar, sus costumbres y usos, su carácter y aptitudes”.

Pero no son conocimientos por mera curiosidad. No es el acumular saber sobre usos y costumbres, lo que a él le interesa durante sus interminables caminatas y viajes. Lo que anhela es llegar a lo que ya en Hong Kong consideraba como muy necesario: “la transformación del hombre interior”. Cuanto más conoce a los chinos, su idioma y cultura, más los aprecia y con tanto mayor respeto habla de ellos. Hasta tal punto que no tolera que alguien, en su presencia, hable despectivamente de “esos chinos”. Su postura despierta críticas, ya que contradice el espíritu de la época, común en la sociedad civil y también en las esferas eclesiales.

1897
el Emperador
Guillermo II
exige que las
tropas rompan
toda
resistencia
“con puño de
hierro”

El espíritu de la época

En la segunda mitad del siglo XIX el imperialismo europeo estaba en todo su apogeo; por el contrario, el imperio chino en el punto más bajo de su historia. Inglaterra, Francia, Rusia e incluso Japón obligan al “Imperio del centro”, internamente desvencijado, a pactos desventajosos. El joven imperio alemán busca ansiosamente un motivo para actuar de la misma manera. El emperador Guillermo II encontró la motivación que buscaba en el asesinato, en circunstancias hasta hoy no esclarecidas, de dos misioneros de origen alemán en Shandong meridional. La protección de los misioneros alemanes servirá de pretexto para ocupar un territorio elegido tras larga exploración y por intereses económicos: la bahía de Kiaochow y la ciudad portuaria Tsingtao. El emperador alemán había dado a los soldados la consigna de “atacar con puño férreo” si los chinos no se sometían.


Von Truppel, Gobernador alemán,
visita al Obispo Anzer (1903).

Las potencias dominadoras hacen sentir su prepotencia y saquean la China. El pueblo chino se siente humillado, los funcionarios fomentan el odio contra todo lo extranjero. Los misioneros no son excepciones. Se los considera como intrusos que quieren destruir la cultura y tradición china y el sistema confuciano del poder. En honor de la verdad hay que reconocer que no todos los misioneros eran inmunes a las tendencias racistas y frente a los chinos mantenían cierta arrogancia europea.

“… para tus chinos…”


Residencia principal de los Misioneros del Verbo Divino en Puoli.

El 15 de agosto de 1886 José Freinademetz emitió los votos perpetuos. La comunidad de Steyl se había convertido mientras tanto en la “Congregación del Verbo Divino”. José tenía 34 años y llevaba 7 en China, de los cuales 4 en Shandong meridional. Escribe en su diario: “Con esto, hermano José, la suerte está echada: reza, trabaja, sufre, tolera. Tu vida entera para tus queridos chinos, para que, cuando un día te llegue el atardecer de tu vida y yazcas en el lecho de muerte, puedas tenderte a dormir junto a tus queridos chinos. ¡Adiós por última vez, patria querida, más allá del mar!” “Por lo tanto, prometo ante Ti, Dios Uno y Trino…” reza la fórmula de la profesión. Para Freinademetz, sin embargo, los votos no son solamente la entrega interior y sin restricciones al Creador. Con los votos él vincula de forma inseparable su vida con los chinos. No sólo les ofrece su fuerza, su energía, su vida. Él enlaza con ellos también su vida después de la muerte, su esperanza en la eterna felicidad. Quiere decir, que no concibe su vida y ni siquiera el cielo sin los chinos. “…puedas tenderte a dormir junto a tus queridos chinos…”

UN CHINO CON LOS CHINOS

Esto es mucho más que una total entrega de sí: Ama a “sus queridos chinos” hasta las últimas consecuencias. Durante la preparación a los votos escribió a su casa: “Os confieso con sinceridad y abiertamente: amo la China y los chinos. …Ahora que no tengo grandes dificultades con el idioma, y conozco a la gente y su sistema de vida, China se ha convertido en mi patria y en mi campo de batalla, en el que desearía caer un día…” La comparación con el “campo de batalla” puede parecernos hoy extraña. Él siente que no pugna por una idea, por un Reino de Dios en abstracto, sino por personas concretas con quienes trata día a día; a quienes ama, no por un excelso sentimiento, sino por lo que son. “Quiero vivir y morir con los chinos”, escribe a su hermana.

No todos compartían su actitud. A muchos les parece exagerada su inclinación hacia los chinos y todo lo chino.

Quien fuera su colaborador por muchos años y primer biógrafo y más tarde Obispo, Henninghaus, insiste repetidas veces que Freinademetz, no era ciego ante las faltas y debilidades de los chinos. Henninghaus compara su inclinación con el amor que Pablo proclama en la carta a los Corintios: “Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta”. (1Co 13, 7) “Aguantar”, resistir, y no poco, es lo que se exige de este amor. Freinademetz se lamentó más de una vez de haber sido frecuentemente burlado y engañado. "¡Cuántas no me han hecho ya los chinos!" El P. Enrique Erlemann, bastante crítico ante Freinademetz, escribió después de su muerte: “Me atrevo a afirmar que ningún misionero de nuestra misión experimentó, a veces, tanta ingratitud de parte de los chinos, como aquel que fue el mayor amigo de los chinos, el P. Freinademetz.” El P. Erlemann no se explica que Freinademetz, ante todo esto, nunca cambiase de actitud. Para el franciscano P. Zeno Möltner, tirolés como Freinademetz, una tal visión de los chinos era incompatible con su misión: “¡Cómo puede una persona así escuchar confesiones, si considera a la gente tan santa!”. El P. Erlemann incluso, cree poder determinar en el tiempo el punto culminante de la especial inclinación de su cohermano: “Entre los años 1886 y 1890 canonizó a los chinos, con excepción hecha de que no habían recibido el bautismo ni creían en Dios”.

AFECTO

Durante estos cuatro años, quien fuera tantas veces injuriado, se mostró especialmente cercano a los chinos. De 1886 a 1890 fue de nuevo misionero itinerante marchando de pueblo en pueblo. Por lo general se alojaba en alguna de las sórdidas pensiones o en primitivas chozas de campesinos. Los cristianos y catecúmenos vivían muy distantes unos de otros, por lo que debía moverse en ambientes hacia él indiferentes cuando no hostiles, escuchar burlas sobre su “larga nariz” y desprecio por su religión. Con todo, fue en esta época, según cree el P. Erlemann, que se mostró especialmente benigno con los chinos. ¡Parece que, a veces, tenga más peso el ansia de crítica personal que la observación objetiva! Estas situaciones, la monotonía diaria y las relaciones mutuas, no se pueden acallar con romanticismo ni tampoco ensalzar con mojigaterías. La simpatía y amor de Fu Shenfu por este pueblo debió ser auténtica y profundamente sentida.

La oración y la alegría
hacen posible la verdadera virtud.

 

1890
José Freinademetz vivió
la “bondad y
misericordia” de Dios

Un hombre sensible

Si bien era muy exigente consigo mismo, no escabullía ningún esfuerzo, se mortificaba y limitaba y sacrificaba sus necesidades personales, Freinademetz era todo lo contrario a un hombre duro. Era un hombre sensible, a veces hasta muy sensible e incluso sentimental y pronto a las lágrimas. La despedida de su patria y de su casa paterna, por ejemplo, le resultó muy difícil. Viendo a los “queridos niños de la escuela” llorar en el momento de su despedida, escribe, “se me partía el corazón”, y continúa: “No quiero describir la despedida de mi casa paterna…”

Antes de los votos, en ausencia de Anzer, dirigió durante dos años la misión de Shandong meridional como Administrador y se preocupó de los cristianos de Puoli y alrededores. Los llevaba a todos en su corazón. La despedida fue difícil: “Esta vez no me fue posible sin lágrimas, euntes ibant et flebant, al irse lloraban”. Los buenos cristianos de Puoli “comenzaban a estar muy cerca de mi corazón”.

Con franqueza confiesa cuánto le conmovían las cartas de la patria: “No es nostalgia…, sino un extraño sentimiento lo que me hace derramar lágrimas”.


Carta de José Freinademetz
a uno de sus hermanos.

Cuando los alemanes ocuparon Tsingtao, José administraba una vez más la diócesis en ausencia del Obispo. Celebró una misa solemne ante los soldados y se sintió tan fascinado por el “sentimiento y precisión” con que la banda militar ejecutaba las “piadosas canciones” que “mis ojos se llenaban de lágrimas”. El Te Deum al final de la misa quebró su dominio de sí y se le vio cómo “le resbalaban las lágrimas por sus pálidas mejillas”.

Sus cartas están llenas de ejemplos conmovedores que demuestran cómo comparte, como persona, el destino de sus chinos.

Su blando corazón, con todo, no le impedía en absoluto ser firme en momentos decisivos y defender su opinión. El P. Erlemann confiesa: “Tuve con él más de una discusión, pero era imposible convencerlo, por más que la idea fuese buena, si no concordaba con la suya”.

Había que escribir los informes de las Visitas, aclarar situaciones difíciles, caracterizar a los misioneros y determinar quien era apto para qué servicio o cargo y sus juicios no tenían nada de idealizaciones, sino que eran sinceros, objetivos y sensatos.

Lo poco que nosotros hacemos no es nada
en comparación con lo que
el buen Dios ha hecho por nosotros

José Freinademetz ¿escrupuloso?

Que Freinademetz fuese severo consigo mismo y que, ante todo, viviese consecuentemente la pobreza y obediencia apostólicas, lo atestiguan también quienes fueron muy críticos hacia él. Vivir cerca de él no resultaba fácil para cualquiera. El P. Antón Volpert describe esto desde su propia experiencia: “Fue para mi una fortuna tener como superior y maestro aquel santo Provicario. Pero al mismo tiempo fue una desgracia. Ya lo dijo Confucio que es más difícil llevarse bien con los perfectos que con los menos perfectos. Yo era todavía muy imperfecto y él me exigía demasiado”.

En la joven Congregación del Verbo Divino gozaba de buena fama. Cuando llegaban nuevos misioneros, tenían mucha curiosidad por conocer a este “santo” varón. Visitas que llegaban de Europa, viajeros y diplomáticos se sentían profundamente impresionados por su personalidad, al igual que los soldados de las tropas alemanas de ocupación. Miraban con asombro y admiración su forma radical de pensar y vivir. Despertaba también confianza en aquellos que no compartían sus opiniones. Pero, ¿cómo se consideraba y juzgaba él mismo?

Cuando se trató de llamarlo a Europa para un puesto importante, se describe en un modo que más parece una confesión: Siente la necesidad de “revelar totalmente su interior, para que el P. Rector (A. Janssen) sepa con que clase de sujeto está tratando”. Después de pedir que su confidencia no se la considere como falsa humildad, y de poner sobre la mesa su ser más íntimo, escribe tener problemas de sexualidad al nivel de los pensamientos y pasa a describir su carácter: “Soy terriblemente vanidoso y coqueto; soy voluble y me deprimo cuando no va todo según mi gusto; por el contrario, relajado y repugnantemente irónico si todo va bien. Soy irascible y me impaciento fácilmente e incluso escandalizo muchas veces a los catecúmenos con mi comportamiento. En ningún momento soy dueño de mi mismo y me dejo llevar tantas veces por la voz de las pasiones”. Prescindiendo que esta confesión la hace ya en 1885, es decir, a los 33 años, ninguno de sus cohermanos lo juzga de esta o semejante manera.

¿Se veía realmente así? Todos afirman que era humilde en el mejor sentido de la palabra. De ciertas descripciones puede traslucir también una cierta inclinación a la escrupulosidad, inclinación que surge también en los últimos días de su vida y se manifiesta en el hecho de que, enfermo y débil de fuerzas, se confesó repetidas veces.

No era el único convencido que se debía rendir cuentas a Dios por todo y hasta el último detalle. Respondía a la común espiritualidad de entonces al declarar: “Si las cuentas no corresponden, se debe pagar en el purgatorio usque ad ultimum quadrantem hasta el último céntimo”. Esta puede ser también la razón de su miedo ante la muerte. Pero cuando le llegó el momento aceptó la muerte con gran serenidad: “Cuando se ha cumplido con el deber y se ha actuado lo mejor posible, el buen Dios será, sin duda, benigno… Qué hermoso es ser católico. Cuán tranquilo se puede morir”.

Manifiesta una absoluta e incondicional confianza en la fuerza de los sacramentos. Igualmente estaba convencido del valor de la bendición sacerdotal y del agua bendita, a la que atribuía poderes casi mágicos: “Podría contarle muchas otras cosas de esta joven misión, por ejemplo, de la extraordinaria acción del agua bendita por la que se han curado enfermos y se han expulsado demonios de poseídos”. Es significativo que esto, que él mandó a Steyl para ser publicado, no se imprimiese textualmente. Es característico de su actitud personal lo que escribió en este contexto: “No me sorprende, si los malos espíritus huyen, pues Cristo dio a la Iglesia poder sobre ellos. Lo que sí me aflige es que los pobres paganos ven estos signos y no sean capaces de interpretarlos”. ¡José Freinademetz es misionero a carta cabal! ¡Lo que le importa son las personas, “sus” chinos!

¿Quiso morir mártir?

1900
Con la
revolución de
los Boxers la
situación
política se
hace crítica,
también para
los
misioneros.

Para las autoridades locales chinas los misioneros fueron más que una espina en el ojo. Los empleados y dignatarios ponían obstáculos a la misión allí donde podían. Hábilmente se aprovecharon de la general animosidad hacia los extranjeros e incitaban continuamente a las masas contra los extranjeros. El P. Freinademetz experimentó varias veces esta aversión en propia carne. El 23 de mayo de 1889 fue duramente maltratado y abandonado medio muerto.

El 1 de noviembre de 1897 fueron asesinados los jóvenes misioneros Ricardo Henle y Francisco Nies. La Congregación del Verbo Divino llora sus primeros mártires. El obispo está ausente del país y el P. Freinademetz, como Superior, se conmueve profundamente ante los ataúdes.

En 1900 se agravó la situación política en China y se desencadenó la así llamada revolución de los Boxers. Los misioneros recibieron la orden de trasladarse a la costa, lugar más seguro. Durante esos críticos meses, Freinademetz, como Pro-vicario responsable de la misión en ausencia del Obispo, se preocupó de la gente. Prefirió volver atrás y quedarse en Puoli, la estación central de la misión, para atender a los huérfanos y a los cristianos que allí se habían refugiado. Sus cohermanos protestaron pero él respondió: “¿Por qué no puedo sacrificarme? Estoy ya medio muerto y, de todos modos, moriré pronto. De mi vida poco se puede esperar ya, mientras que vosotros podéis hacer todavía mucho por el buen Dios”. Ciertamente, corporalmente está muy desmejorado. Los largos años de privaciones se hacen sentir al final de sus cuarenta años. Tenía problemas renales, padecía de laringitis crónica y desde hacía tiempo escupía sangre. Los médicos diagnosticaron tuberculosis y le profetizaron una pronta muerte. Esta era su situación cuando se trató de obedecer la orden de evacuación dada por las autoridades. Su salud había empeorado dramáticamente en los últimos días. Se dejó convencer por sus cohermanos, pero después de 20 Km. de camino volvió atrás. No podía encontrar la paz interior. Sus cohermanos le dejaron hacer. Estaban convencidos que no volverían a verle.

¿INDIGNO DEL MARTIRIO?

Restablecida la calma, informó a Steyl que en Puoli había preparado a los cristianos a una “sangrienta muerte”, a “un honroso y glorioso martirio”. “Sólo Dios sabe cuánto allí se rezó y lloró. Quien no haya vivido algo parecido, no puede hacerse la más mínima idea de lo que se siente”.

En una carta a un compañero de escuela, da rienda suelta a sus pensamientos: “¡Cuántas lágrimas y cuánta sangre se derramó en nuestra infeliz China! Yo, a quien desde hace mucho consideraste muerto, vivo todavía, si bien debo admitir que durante meses viví entre la vida y la muerte. Humanamente hablando, era difícil pensar en salvarse y mis mismos cohermanos me contaban entre los damnati ad mortem [condenados a muerte]… Todo ha pasado y yo sigo vivo, pues no fui digno del martirio. ¡Cuántos Obispos, misioneros y cristianos ganaron la corona del martirio, yo, en cambio, como ‘inservible’ fui arrojado en el cuarto trastero!” Suena sincero lo que escribe, tanto más que se salva con una anécdota: “¿Cómo estoy? Bien, gracias a Dios; también han cesado mis esputos de sangre. Un cohermano me escribió desde Tsingtao que debía indefectiblemente interrumpirlos, pues si vienen los Tataohui a degollarme y en lugar de sangre sale agua, podría causar serias dificultades en el proceso de beatificación (!!!)" (los tres signos de admiración están en el original).

1901
Anzer y Freinademetz,
“misioneros del Verbo
Divino de primera hora”
se distanciaron el uno
del otro.

El “eterno segundón”

Mientras vivió Anzer, Freinademetz fue siempre su sustituto y por tanto siempre el segundo, con una sola breve excepción. Hasta la muerte del Obispo, Freinademetz, en total, dirigió la misión en Shandong meridional unos cinco años. Esto sucedía mientras Anzer estaba fuera del país. A esto hay que añadir el período de Sede Vacante y dos años más en ausencia del nuevo Obispo. ¿Había nacido Freinademetz para ser el “eterno segundón”?

Cuando los dos primeros misioneros se despidieron de Steyl, estaba claro que Anzer sería el Superior. Cuando los franciscanos entregaron Shandong meridional a los misioneros del Verbo Divino, Anzer fue nombrado también Pro-vicario por el Obispo del lugar, por cierto no sin alguna escaramuza. Juan Bautista Anzer, natural de Baviera, era un tipo un tanto impetuoso, y los buenos modales no eran su estilo. Cuando se trató de delimitar el territorio de la misión, entró en conflicto con el mismo Administrador Apostólico. Éste, por lo tanto, quiso nombrar a Freinademetz como su Pro-vicario, es decir, su representante. Estaba claro que Shandong meridional, en no mucho tiempo, sería un Vicariato Apostólico y que el Pro-vicario sería nombrado Vicario Apostólico, es decir, Obispo. Freinademetz se asustó a tal punto que, literalmente de rodillas, pidió al Obispo que nombrara a Anzer. ¿Fue esto solamente un acto de humildad?


Mons. Henninghaus (derecha) el día de su consagración.

Su colaborador por largos años y primer biógrafo, Agustín Henninghaus, considera al misionero de Tirol del Sur como una persona de “juicio abierto, claro, sensato” y “de mente sana”, “capacidad natural de discernimiento y un sensato y tranquilo don de comprensión”. Estas cualidades naturales le ayudaban a valorarse a sí mismo en la justa medida. Él no era la persona adecuada para construir como Superior la misión de Shandong meridional. Arnoldo Janssen, fundador de los misioneros del Verbo Divino, era de la misma opinión: “Freinademetz es muy piadoso, amable, diligente y no sin prudencia. Para Superior, sin embargo, es menos apto que Anzer”. Freinademetz era un pastor de almas, su fuerte eran las relaciones humanas.

Anzer, por el contrario, amaba el papel de representante, era “más duro, emprendedor, más fuerte” (Arnoldo Janssen). Janssen aconsejó a Anzer que “en asuntos especialmente delicados designe al tirolés como mediador”. Consejo que Anzer siguió con frecuencia.

Lo trágico en estos dos pioneros de la misión de Shandong meridional fue que no consiguieron entenderse en el plano humano y se alejaban cada vez más el uno del otro. Sus caracteres eran muy diferentes. Anzer además, con el pasar de los años, tuvo problemas con el alcohol, se alejaba de sus misioneros y tomaba decisiones rápida y arbitrariamente. La situación llegó al punto que los cohermanos presionaron a Freinademetz a solicitar la destitución del Obispo. Se llegó a escenas dramáticas entre ambos. Anzer lo acusaba de ser demasiado blando y de tramar intrigas contra él. El reproche afectó profundamente a Freinademetz, pero las cosas quedaron como estaban. Finalmente la muerte libró al Obispo de la destitución.

Tomemos la vida como lo que es en realidad:
una siembra para la eternidad.

El sucesor “natural” hubiera sido Freinademetz, al menos así pensaban el Fundador Janssen y la mayoría de los misioneros. ¿Y él mismo? Él sabía que estaba entre los candidatos, pero hay que creerle que no lo quería ser y que tampoco esta vez le abandonó su sano sentido común. Con drásticas palabras describe su estado de ánimo a un conocido: “Usted piensa que seré nombrado Obispo. Se equivoca de lleno. Una mitra no se adapta a la cabeza de un zopenco. Por otro lado, además de los peccata personalia arrastro también el peccatum originale que no puede lavar ningún bautismo”.

Su “peccatum originale” (pecado original) era su ciudadanía austriaca. Las autoridades alemanas hicieron saber claramente al Vaticano que deseaban un Obispo alemán y rechazaron expresamente a Freinademetz. Éste se irrita; ciertamente no desea ser obispo, pero para la Iglesia, la ciudadanía no debería ser una razón decisiva. El gobierno alemán tiene además otros motivos: Freinademetz repetidas veces se lamentó del tren de vida de las autoridades coloniales y del trato que daban a la población china. Además, Henninghaus informa que el misionero del Tirol del Sur había dicho nada menos que al Príncipe Enrique de Prusia, hermano del Emperador, que la ocupación de Tsingtao “no se ajustaba a los principios de justicia…” Su afecto por los chinos le hizo olvidar toda sensibilidad diplomática…

1902
El jardín de la
casa central
de los
misioneros
del Verbo
Divino en
Taikia. Un
lugar de
encuentro,
descanso y
renovación.


El Provincial Freinademetz y su obispo Henninghaus con Mandarines chinos.

El Provincial

En verano de 1900, una vez sofocada la rebelión de los Boxers y el regreso de los misioneros a sus respectivas misiones, el P. Arnoldo Janssen nombró al P. José Freinademetz Superior Provincial, es decir, superior de los misioneros que pertenecían a la Congregación. Hasta ese momento el obispo Anzer había desempeñado también esa función. El obispo consideró el nombramiento como una ofensa personal y se negó en principio a toda colaboración.

Freinademetz asumió esta tarea, que mantuvo hasta su muerte, con toda seriedad. Visitaba regularmente a los cohermanos, mantuvo frecuente correspondencia con la dirección de la Congregación en Steyl y construyó en Taikia una casa central para la Congregación con un parque. Consiguió de Steyl la directiva que los miembros de la Congregación del Verbo Divino debían transcurrir en la central por lo menos un mes al año. En lenguaje, para hoy demasiado florido, aclara a los cohermanos dicha decisión:

“Como representante de nuestro Reverendísimo P. Superior General me considero el primer obligado a sonar el cuerno, y como escribe S. Pablo en su primera carta a los Corintios (14,8): ‘si incertam vocem det tuba, quis parabit se ad bellum?' Si el trompeta no da señales claras, ¿quién se preparará para la guerra? Deseo por tanto, sin muchos rodeos, exponer, en mi opinión, cual sea el finis primarius, el fin principal, de nuestra llegada y permanencia aquí en Taikia. ¿Cuál es, entonces? ‘¡Ut renovetur uterque noster homo!' Recreo y descanso corporal y espiritual, para ser capaces de trabajar y producir para el unum necessarium. En primer lugar, por tanto, aquí debemos encontrarnos cómodos y, en segundo lugar, sacar la máxima utilidad”.

Lleva en China tiempo suficiente y conoce tan bien a sus cohermanos como para saber cuán necesario sea el buen trato recíproco, la renovación espiritual y la profundización de la formación teológica.

Como Provincial aprovecha esas cuatro semanas como oportunidad para mantener con cada uno un diálogo amplio y fraterno.

Cada año presenta fielmente un informe a la dirección general. Si en el año 1901 tienen la primacía sus observaciones negativas, en los años siguientes destaca más los puntos positivos. Criterios importantes en el juicio sobre los cohermanos eran, cómo no, el trato a los chinos y la observancia del voto de pobreza. Prohíbe rigurosamente a los misioneros, sin su expreso permiso, la compra de caros “objetos europeos”. Le satisface que cada vez menos usen “elegantes vestidos de seda china”. Subraya expresamente que “el principio de autoridad está gravemente deteriorado”. No necesita dar la razón: también en Steyl saben que eso se debía a la manera desconcertante de proceder del Obispo Anzer.

“MADRE” DE LA PROVINCIA

El Provincial Freinademetz iba creando entre sus cohermanos la idea que la Congregación a la que pertenecían, se preocupaba de ellos en todo sentido. La mayoría se lo agradecieron. De los temas de sus conferencias se desprende que, a pesar de su gran preocupación por el bien espiritual de sus cohermanos, mantiene los pies en tierra. Además de explicar las Constituciones de la Congregación, habla de la clara rendición de cuentas y austeridad, del registro de las posesiones, del control de las construcciones, “en cuanto posible adaptadas al estilo chino”, y hasta de la reforestación de montañas sin árboles.

Su preocupación por los cohermanos le da un nuevo empuje, se encuentra mejor de salud. En 1902 cumple 50 años y será, cada vez más, el elemento tranquilizador de la misión de Shandong meridional y, decididamente, la “madre de la Provincia”. Con el nombramiento en 1904 de Agustín Henninghaus como nuevo Obispo, comienza una nueva y fructífera colaboración entre el Obispo y el Provincial. Esto hace que los últimos años del misionero del Tirol del Sur sean los más tranquilos y hermosos de su vida.


Una de las últimas fotos de José Freinademetz en China; con el Obispo Henninghaus y cohermanos.

Persona polifacética
por necesidad

La necesidad agudiza el ingenio”. Freinademetz era polifacético, pero no un genio. Si se recorre el historial de su vida y sus múltiples actividades; si se tiene en cuenta que era demasiado concienzudo como para hacer las cosas a medias o confiar en las improvisaciones, descubrimos una persona en extremo diligente. Por otra parte, le favorecía que le bastasen, relativamente, pocas horas de sueño y que era una persona tenaz. Necesidades como la falta de personal, y sobre todo personal especializado, así como su incondicional obediencia frente a Juan Bautista Anzer, le obligaron a asumir tareas y ocuparse de asuntos que él no habría elegido.

Título de las
normas para
catequistas que
redactó José
Freinademetz.

Se hallaba a sus anchas entre los catecúmenos y los nuevos cristianos. Era un pastor nato. Pero no permanecía en un lugar o territorio más de dos años. El Obispo continuamente lo enviaba a visitar las comunidades, lo que comportaba la redacción de detallados informes. Si se trataba de abrir un nuevo territorio misionero, el Obispo con preferencia lo mandaba a él. De cuando en cuando daba cursos de catequesis y durante un año dirigió el seminario. Se le confió la preparación del primer Sínodo Diocesano y la elaboración de los temas. Seguidamente le tocó participar en la organización del Capítulo Provincial. Se le encomendó también la introducción de los nuevos misioneros y la preparación de los jóvenes misioneros a los votos perpetuos. Con frecuencia daba también retiros espirituales. En medio de todo eso, aún encontró tiempo para redactar un catecismo en chino y elaborar normas para los catequistas. Sin olvidar sus innumerables cartas a parientes, amigos y bienhechores en la patria y la intensa correspondencia con la dirección general en Steyl. Debido a su buen conocimiento del chino, el Obispo le encargaba la correspondencia con las autoridades oficiales.

Invirtió infinidad de tiempo en las negociaciones con las autoridades chinas. A esto se suman deberes de representación ante funcionarios y diplomáticos chinos y alemanes, donde debía atenerse a la etiqueta. Esto último debió costarle mucho, ya que se encontraba más cómodo en una choza campesina que en cualquier salón palaciego.

No hay que olvidar que muchas veces debía recorrer largas distancias a caballo o en medios de transporte muy primitivos. Shandong meridional era un territorio muy extenso; el río Amarillo era, con frecuencia, un difícil obstáculo; algunos viajes llevaban hasta 80 horas. Freinademetz, además, tenía que luchar frecuentemente con serios problemas de salud.

En medio de los peligros permanezcamos
tranquilos y confiemos en la Providencia del cielo
que vela por nosotros día y noche.

Es significativo que no exista ninguna constancia de que fuese una persona nerviosa o que no tuviese suficiente tiempo para alguien. ¡Todo lo contrario! Quien lo encontraba quedaba impresionado de su amabilidad y de la manera en que se dedicaba a su interlocutor. El primer cardenal chino, Tomás Tien, lo sabía por propia experiencia: “Siempre dispuesto y totalmente entregado a los demás, siempre abnegado y olvidado de sí mismo”. ¿Cómo podía desarrollar tan intensa actividad?

UNA VIDA AL SERVICIO DE SU VOCACIÓN

José Freinademetz tenía una profunda espiritualidad que abarcaba toda su persona. Era capaz de integrar en su horizonte espiritual tareas que no le caían bien, poner su vida entera, con todas sus facetas, al servicio de su vocación. Esto queda en evidencia cuando, por ejemplo, se trató de aclarar a los cohermanos la finalidad de las cuatro semanas de permanencia en la nueva Central Provincial en Taikia: “¡Nuestra vida es breve, nuestro tiempo demasiado precioso como para desperdiciar ni siquiera una gota! ¡No! También este mes le pertenece a Dios, totalmente a Dios, y Dios pondrá sobre la balanza de la justicia y nos pedirá cuentas cada una de sus 720 horas, de sus 43.200 minutos, de sus 2.592.000 segundos”. Exhortando a hacer buen uso del tiempo, no piensa solamente en la espiritualidad o trabajo sacerdotal: “Durante nuestra estadía en Taikia es igualmente importante el verdadero descanso y recuperación física. Cuerpo y espíritu son dos cosas diametralmente opuestas como fuego y agua. No obstante, se necesitan mutuamente. Si el cuerpo no da más de sí, también el espíritu deja el trabajo y queda inactivo, como cuando al fuego le falta la leña o a la máquina no le llega la electricidad”. Comparaciones nunca le faltaron.

Con catequistas y
sacerdotes nativos

Freinademetz y Anzer, ya en Hong Kong, pudieron apreciar la importancia de los catequistas; eran la columna vertebral de la misión: “Los catequistas lo tienen más fácil que nosotros. Son chinos; nosotros, por el contrario, ‘demonios europeos’”. En Shandong meridional tenían la doble función de precursores y lugartenientes. Si en un lugar había alguien interesado en la religión cristiana, se enviaba primero un catequista para estudiar el caso, sólo después llegaba el sacerdote. A veces, sin embargo, sucedía lo contrario: era el sacerdote extranjero quien primero despertaba curiosidad, luego el catequista quedaba en el lugar para “continuar el trabajo”. Las pequeñas comunidades en las aldeas eran dirigidas por catequistas.

MISIÓN DE LOS LAICOS

Freinademetz veía en los catequistas algo más que simples ayudantes del misionero. Para él eran verdaderos mensajeros de la fe y, como responsables de comunidades, participaban del ministerio pastoral. Entre 1893 y 1894, cuando fue director de los cursos de formación de catequistas, redactó para ellos un pequeño reglamento (en chino y latín). En primer lugar trata sobre su vocación: “¡Considerad que Dios os ha elegido expresamente entre tantos!” El necesario mandato del Obispo es para él signo de unidad y al mismo tiempo llamada a participar en la función pastoral y docente de la Iglesia: “Cuando sois enviados a anunciar la fe, ¿no sois en verdad Apóstoles de Cristo? Si los hombres andan descarriados como ovejas sin pastor, vosotros debéis guiarlos y apacentarlos”. Si se piensa que la mayoría de los catequistas hacía apenas dos años que habían sido bautizados, se comprende cuán grande era la confianza depositada en ellos. Tanto mayor, por tanto, era la decepción de Freinademetz si los catequistas descuidaban su deber o incluso apostataban de su fe.


Curso para catequistas.

Freinademetz ve la función de los catequistas en un contexto mucho más amplio: “Terminada la época de los grandes emperadores y de los grandes sabios, en China iban desapareciendo los antiguos valores. Personas serias buscan ansiosos personas que, como los Apóstoles de Jesús, prediquen y señalen el recto camino. Por consiguiente, vosotros, queridos catequistas, con vuestro anuncio sois el cumplimiento de las esperanzas de mucha gente”. La gran importancia que les atribuía se correspondía con su dedicación a la formación: “Puedo afirmar que en mis quince años en China nunca estuve tan cargado de trabajo”, escribe refiriéndose al tiempo en que dirigió la escuela para catequistas.

Como Administrador después de la muerte del Obispo Anzer, insistía que las catequistas y los catequistas se reuniesen cada año durante varias semanas para la formación permanente y “ejercicios espirituales”.

1898
Estudiantes de
José
Freinademetz.
Aquí nuevos
sacerdotes de
1898;
Freinademetz
se entregó
totalmente en
favor de su
igualdad con los
otros.

José Freinademetz se sentía especialmente unido a un anciano catequista llamado Wang Shuo-sin que fue monje taoísta. Durante largos años Wang fue su secretario y consejero. Fue indispensable para él en el trato con las autoridades, pues se desempeñaba muy bien en el trato oral y escrito con los funcionarios.

El misionero del Tirol tenía también hacia los sacerdotes nativos una relación de confianza semejante a la de los catequistas. En el documento preparatorio del Sínodo exige la total equiparación entre los misioneros y los sacerdotes locales: “Los sacerdotes chinos no son de segundo rango. Debería existir un único rango entre los sacerdotes, europeos o chinos sin distinción, o sea, la edad al servicio de la misión. Los sacerdotes chinos deben poder acceder a todos los cargos y títulos eclesiásticos al igual que los europeos, sin ninguna distinción”. En 1902 solicita al Superior General la admisión en la congregación del sacerdote chino Hsia y “abrir la puerta a los aspirantes chinos”. Arnoldo Janssen dudaba. Todavía más dudaban las autoridades eclesiásticas. Tendrían que pasar décadas para que Roma nombrase el primer Obispo chino. Finalmente en 1946 Pío XII nombró cardenal a Tomás Tien, que había conocido a Freinademetz siendo seminarista. Fue el primer cardenal no blanco.

La oración es nuestra fuerza, nuestra espada,
nuestro consuelo y la llave del paraíso.

El hombre de oración

Freinademetz fue lo que se dice un “gran orante”, un hombre “piadoso”. En la preparación del primer Sínodo Diocesano de Shandong meridional, bajo el tema “El clero” sale a flote su actitud fundamental: “¿Crees poder llegar a ser santo sin meditación, lo que ningún santo consiguió? ¿La meditación es tiempo perdido? Todo lo contrario, sin meditación la vida está perdida. Además resérvate un día al mes para dedicarlo a la oración y meditación. Son los días más hermosos y útiles de la vida, en los que el Espíritu Santo ha prometido hablar al corazón”.

Para muchos era edificante verlo rezar. “Por lo general se arrodillaba en el coro de la iglesia, y para nosotros era siempre una vivencia extraordinaria verle rezar. La imagen de este sacerdote arrodillado quedó indeleble en mi recuerdo. Se tenía la impresión que nada podía disturbarlo. Fue un gran hombre de oración. Su piedad era abierta y entusiasta” (Cardenal Tien).


El breviario de José Freinademetz – su eterno “compañero”.


El cáliz de San José Freinademetz.

Henninghaus cita expresamente entre las “fuentes de las que vivía, la oración” que para él era “elemento y alegría vital”. Por más que trabajase hasta muy entrada la noche, dedicaba siempre tiempo a la oración y a la lectura espiritual. En el verano Freinademetz comenzaba el día de trabajo ya a las tres de la mañana con la oración y meditación. El breviario lo rezaba, por lo general, arrodillado, y otras veces de pie sin apoyo ninguno. Seguramente recordaba su niñez cuando, en familia y arrodillado en el duro piso de tabla, rezaba diariamente el rosario ante el atar doméstico.

La santa misa la celebraba “digna y piadosamente, sin prisas, pero sin hacerse pesado por la lentitud” (Henninghaus). Evidentemente, tampoco en estas cosas el tirolés deseaba ser molesto…

El nombre oficial de los misioneros de Steyl: “Congregación del Verbo Divino” lo llevaba como impreso en el cuerpo. En un documento para el Sínodo exige: “Diariamente lectura espiritual; no dejar pasar un día sin meditar las Sagradas Escrituras que llamamos 'el libro del sacerdote'. ¡Ay de ti si dejas que se seque en ti la fuente de la piedad!”.

Es buen conocedor de la Biblia, la cita con frecuencia, generalmente en latín; sobre todo, encontraba siempre comparaciones apropiadas para situaciones concretas; ciertamente interiorizó la Biblia, que para él no es letra muerta o “seca”, sino verdadera vida, fuente de la que sabe beber.

Con la misma convicción anima a sus cohermanos a seguir con la formación permanente: “¡Cultiva con diligencia el estudio! ‘Por haber rechazado la Sabiduría, te rechazo yo a ti’ dice la Sagrada Escritura”. Sirva como ejemplo de su manera de citar la Biblia.

La cruz de
Cristo, el pan
eucarístico, la
meditación de
la Palabra de
Dios
fueron las
estrellas que
guiaron la vida
del misionero
José
Freinademetz.

La cruz en la vida
de José Freinademetz

La cruz y la pasión de Cristo fueron imágenes que acompañaron a Freinademetz desde su más tierna infancia. Su pueblo natal está ubicado a los pies de la montaña “Sass dla Crusc” [la Cumbre de la Cruz]. En todos los caminos que llevan al antiquísimo santuario de la Santa Cruz, ubicado directamente bajo la muralla pétrea de la montaña, existen Vía Crucis que aún hoy la gente recorre devotamente. Su prima María Algrand recuerda que como estudiante y como joven sacerdote, “con mucha frecuencia” subía allí en peregrinación. Todavía hoy, una vez derretida la nieve, la imagen milagrosa de la Santa Cruz (una talla de Cristo cargado con la cruz), es llevada al santuario en solemne procesión. Y en octubre, al comenzar el frío, se la baja a la iglesia parroquial de Badía.

Freinademetz decía a los catequistas que preparó durante los años 1893/94, “Existe un camino que todos deben recorrer si desean ser santos. Me refiero a la meditación de la amarga pasión de nuestro Señor Jesucristo”.

Cuando consiguió elaborar interiormente sus desengaños y fracasos y no atribuirlos ya al carácter chino, habla sobre el misterio de la Cruz: “Toda la pasión se repite en la vida y en la historia de la Iglesia… La Iglesia debe vivir su Semana Santa, sudar sangre en el huerto de los olivos, morir en la cruz; debe constantemente luchar y combatir, trabajar y sufrir, tolerar y sangrar. El martirio cruento e incruento es siempre su rasgo característico”.

Lo que afirma de la Iglesia, vale también de él personalmente. Derrotas y humillaciones personales, desengaños por la apostasía de un catecúmeno y las persecuciones, son para él participación del Vía Crucis. No todos son capaces de esto. El P. Erlemann escribe en su panegírico sobre el P. Freinademetz: “Realmente trabajó y sufrió mucho y consiguió una rica corona en méritos… Gran parte de sus sufrimientos, hay que decirlo, dependía de su naturaleza. Otro no hubiera sufrido de tal manera”. Erlemann aclara esto afirmando que Freinademetz, con frecuencia fue engañado por los chinos y, siempre en opinión de Erlemann, nunca aprendió la lección, volviendo siempre a tropezar en la misma piedra.

Tal vez la razón por la que Freinademetz, de año en año, se volvió más tranquilo, paciente y compasivo, haya que buscarla en que era consciente de que su vida estaba ligada al Vía Crucis de su Señor. Por otro lado, recibió también mucho amor de los cristianos: “Los cristianos aman a sus misioneros tanto como en Europa o incluso más. En contracambio se aceptan con agrado algunas cruces”.

Sin embargo, su cruz más pesada debió ser tener que reconocer que la inmensa mayoría del pueblo chino, de “sus” chinos, no encontraban el camino hacia la cruz de Cristo y, por consiguiente, en el lenguaje teológico de su época, tampoco el camino de la salvación. ¿No estaría dispuesto, por este motivo, a aceptar el martirio, a ofrecer su vida por la salvación de los chinos? Que sería capaz, no cabe duda. En resumidas cuentas la expresión de Freinademetz más citada es: “También en el cielo deseo ser un chino”, lo que se puede interpretar como su gran deseo de tener en torno a él también en el cielo la mayor cantidad posible de chinos.

Oies – Meta de muchos peregrinos
Pueblo natal de José Freinademetz
hoy

JOSÉ FREINADEMETZ VUELVE A CASA

“Como el árbol necesita de la tierra para encontrar savia y alimento, así el alma necesita de la oración”, decía José Freinademetz. Saber que en los últimos 30 años su casa natal se ha transformado siempre más en lugar de oración, de meditación, de tranquila reflexión y meta de numerosos peregrinos, sería para él una inmensa alegría. Son miles los que llegan cada año. José Freinademetz se ha convertido para muchos, aún más allá de las fronteras de su patria tirolesa, en un cercano intercesor en las más diversas necesidades.

En la casa vive una pequeña comunidad de misioneros del Verbo Divino, siempre disponibles para facilitar a los peregrinos la reflexión interior y el encuentro con san José Freinademetz. En 1995 se construyó un centro de peregrinos con una iglesia que ofrece amplio y cómodo lugar a grupos mayores.

De esta forma, José Freinademetz, misionero en China y mensajero del amor de Dios a los hombres, regresa entre sus queridas montañas tirolesas.

Los Misioneros del Verbo Divino
hoy

En los comienzos de 1875, cuando Arnoldo Janssen fue a visitar al arzobispo Paul Mechers de Colonia para presentarle su plan de establecer una casa para las misiones extranjeras, el Obispo dijo: “Vivimos en un tiempo donde todo parece estar convulsionado y hundiéndose. Ahora, viene usted y desea comenzar algo nuevo.” Arnoldo respondió: “Precisamente, vivimos en un tiempo en que mucho se está derrumbando y en su lugar cosas nuevas deben establecerse.” Esta actitud del fundador de los Misioneros del Verbo Divino, desarrollada y sostenida por su intensa vida de oración y su permanente búsqueda de la voluntad de Dios, lo capacitó para perseverar en su visión. El 08 de septiembre de 1875, con unos pocos compañeros, y a pesar de las dudas, reservas y pobreza material, estableció la primera casa misional europea de habla alemana, en el pequeño pueblo de Steyl a orillas del río Moza en Holanda. Contrariamente a la expectativa general, la Casa Misional de Steyl llegó rápidamente a ser conocida y diez años más tarde ya fue establecida como Congregación Misionera. Cuando Arnoldo Janssen murió (1909) contaba con mil miembros (sacerdotes y hermanos) sirviendo en todo el mundo.


Arnoldo Janssen

SIRVIENDO A LA IGLESIA UNIVERSAL

“No fui yo, sino el Señor”, fue la respuesta de Arnoldo Janssen frente a la sorpresa que encontró el rápido crecimiento y desarrollo de “su” trabajo misionero. Además de los Misioneros del Verbo Divino fundó a las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo (1889) y a las Hermanas de la Adoración Perpetua (1896). Este hecho habla de la confianza sobre la cual había cimentado su vida.


San Miguel en Steyl: La Casa Madre de los Misioneros del Verbo Divino (SVD).

Con la misma confianza, los 6.000 Misioneros del Verbo Divino de hoy continúan su misión, especialmente:

En el servicio pastoral, en la construcción y acompañamiento de comunidades eclesiales. Sacerdotes y hermanos, agentes de pastoral y colaboradores trabajan juntos en los más diversos proyectos sociales.

En la proclamación de la Palabra de Dios. Como “Sociedad del Verbo Divino” consideran tener una responsabilidad especial en la promoción del apostolado bíblico.

En el compromiso por la paz, justicia e integridad de la creación. Este compromiso penetra todas las actividades y proyectos personales.

En los campos de la comunicación social y en la investigación. A través de éstos la misión de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Jesucristo en el diálogo respetuoso con todos los pueblos, llegará a ser más profunda y en general más eficaz.

Nuestra Vida y Servicio Misioneros
hoy

En creativa fidelidad a San Arnoldo, los misioneros del Verbo Divino, según las Constituciones de 1983 y las directivas del último Capítulo General del 2002, queremos ser fieles a:

Nuestra vocación

Fieles al mensaje de Jesús: “¡Paz a vosotros! ¡Como el Padre me ha enviado, os envío yo también!” (Jn 20, 21) estamos dispuestos a dejar nuestra patria, idioma y cultura para ir allí donde la Iglesia nos envíe. Esta disponibilidad es característica esencial de nuestra vocación misionera.

Nuestra comunidad

Somos una comunidad religiosa católica integrada por laicos y clérigos y vivimos en comunidades internacionales y multiculturales. Así damos testimonio de la universalidad de la Iglesia y de la fraternidad. Por los votos (pobreza, castidad y obediencia) nos vinculamos a esta comunidad misionera.

Nuestra misión

Trabajamos, en primer lugar y con preferencia, allí donde el Evangelio aún no ha sido anunciado o lo ha sido en forma insuficiente y allí donde la Iglesia local no puede valerse por sí misma (Co 102). Jesús es nuestro modelo en la manera de vivir nuestra misión. Abiertos y respetuosos con las tradiciones religiosas y culturales de los pueblos, buscamos el diálogo con todos y les llevamos la Buena Nueva del amor de Dios. Nuestra tarea es entrar en diálogo con personas:

  • ajenas a toda comunidad de fe y con personas que buscan la fe;
  • pobres y marginadas;
  • de otras culturas;
  • de distintas tradiciones religiosas e ideologías seculares.

La familia religiosa de Arnoldo Janssen
hoy

EUROPA AMERICA AFRICA Los misioneros del
Verbo Divino,
SVD, las
misioneras Siervas
del Espíritu Santo,
SSpS, y las
misioneras Siervas
del Espíritu Santo
de Adoración
Perpetua, SSpSAP,
forman una familia
religiosa
internacional y
multicultural con
cerca de 10.000
miembros. Hoy la
mayoría de sus
miembros, como
en general la
mayoría de los
católicos,
provienen de los
países del Sur.
■▲ Austria Anguilla ■▲ Angola
Bélgica ■▲ Antigua Benín
Bielorrusia ■▲● Argentina ■▲ Botswana
Croacia ■▲ Bolivia ■▲ Congo
■▲ República Checa ■▲● Brasil Etiopía
■▲ Inglaterra Canadá ■▲ Ghana
Francia ■▲ Chile Kenia
■▲● Alemania Colombia Madagascar
Hungría ■▲ Cuba ■▲ Mozambique
■▲ Irlanda Ecuador ■▲ República de África del Sur
■▲ Italia Jamaica Tanzania
■▲ Moldavia ■▲ México ■▲● Togo
■▲● Holanda Montserrat ■▲ Zambia
■▲● Polonia Nevis-St. Kitts Zimbabwe
■▲ Portugal Nicaragua    
■▲ Rumania Panamá ASIA
■▲ Rusia ■▲ Paraguay ■▲ China
Serbia ■▲● USA ■▲● India
■▲ Eslovaquia     ■▲● Indonesia
■▲ España OCEANIA ■▲ Japón
■▲ Suiza ■▲ Australia ■▲ Corea
■▲ Ucrania Nueva Zelanda ■▲● Filipinas
    ■▲ Papúa Nueva Guinea ■▲ Taiwán  
        Tailandia SVD
        ■▲ Timor Loro Sae SSPS
        ■▲ Vietnam SSPSAP

INFORMACÍON

Más información sobre los Misioneros del Verbo Divino y las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo, así como también sobre José Freinademetz y Arnoldo Janssen se puede encontrar en internet:

Editores: Congregación del Verbo Divino - Generalato, Roma
Texto: Sepp Hollweck SVD
Redacción final: Stefan Üblackner SVD
Traducción al español: Jesús Andueza SVD
Fotos: Archivo SVD
Gráfica y diagramación: Brigitte Rosenberg (Viena)
Fotocomposición: GESP, Cittá di Castello (PG), Italy
Imprenta: GESP, Cittá di Castello (PG), Italy

Contratapa: Detalle del "Altar de los Misioneros de Steyl" en la casa misional St. Gabriel (Austria): Arnoldo Janssen y José Freinademetz con Maria Helena Stollenwerk y Josefa Hendrina Stenmanns, cofundadoras de las Misioneras Siervas del Espíritu Santo y de las Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua.

Ser misionero es la tarea
mas sublime del mundo

J. Freinademetz