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General Chapter XVII -- 2012


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XVII Capítulo General
Misa de apertura
17 de Junio 2012

Introducción a la Misa:

oy, el 11º domingo durante el año, celebramos la misa votiva en honor de la Santísima Trinidad. Es apropiado que comencemos nuestro Capítulo General XVII con la celebración de la fiesta principal de nuestra Congregación. Pues el misterio de la Trinidad ofrece una perspectiva ideal para nuestras reflexiones en este capítulo general sobre el “compartir la vida y la misión intercultural”. Al mismo tiempo, la lectura del evangelio de la celebración de este año de la solemnidad de la Santísima Trinidad, nos recuerda el “mandato de la misión” del Señor: “Vayan, pues, y hagan discípulos en todas las naciones”.

La primera lectura es del libro del Apocalipsis, que describe la visión de la reunión universal al fin de los tiempos de “una gran multitud de toda nación, raza, pueblo y lengua”. La segunda lectura es de la Carta a los Colosenses y nos habla de la reconciliación en Cristo de todas las cosas, “las cosas del cielo y las de la tierra”.

Confiemos nuestro 17º Capítulo General al Dios Uno y Trino. Roguemos para que pueda llevar a cabo una auténtica renovación de toda nuestra congregación, para que “el Dios Uno y Trino viva en nuestros corazones y en los corazones de todas las personas”.

Homilía:

Misión y Interculturalidad

Queridos cohermanos,

ace 128 años, el 10 de diciembre de 1884, se inició el primer Capítulo General de la Congregación del Verbo Divino con una misa en honor del Espíritu Santo. Junto con el Fundador sólo había otros tres capitulares: Juan Janssen, hermano del Fundador, Juan Bautista Anzer, Pro-Vicario de Shantung del Sur, y Hermann Wegener, prefecto de estudios en Steyl. Una de las: decisiones de aquel primer Capítulo General fue que la solemnidad de la Santísima Trinidad sería la fiesta principal de la Congregación.

Hoy nos reunimos para iniciar el 17º Capítulo General de la Congregación con una misa en honor de la Santísima Trinidad. En efecto, el Consejo General había querido comenzar el Capítulo hace dos domingos, en la fiesta de la Santísima Trinidad. Por desgracia, se nos dijo que la Casa de los Padres Mercedarios en Nemi sólo estaría disponible para finales de la semana pasada. En todo caso, los liturgistas sugirieron que, dada la importancia del Capítulo General, debemos celebrar hoy la Misa votiva de la fiesta principal de nuestra Congregación.

Que la solemnidad de la Santísima Trinidad se convirtiera en la principal fiesta de nuestra congregación fue, obviamente, a causa de la gran devoción del Fundador al misterio de la Santísima Trinidad. Esto ha quedado reflejado en la oración que les ha legado a las tres congregaciones religiosas fundadas por él: Vivat et Deus Unus Trinus en cordibus nostris et in cordibus hominum. “Viva Dios Uno y Trino en nuestros corazones y en los corazones de todas las personas”. Y, después de unos 20 años de existencia del Centro de Espiritualidad Arnoldo Janssen en Steyl, ahora es común para nosotros decir que la espiritualidad del Fundador (y, por tanto, de nuestra congregación) es una “espiritualidad trinitaria”.

Así, la Trinidad no sólo caracteriza la espiritualidad del Fundador, sino que también define la identidad de nuestra Congregación. Dos aspectos de la Trinidad, en particular, son las características de nuestra identidad:

En primer lugar, la Misión.
Desde el Concilio Vaticano II, nos hemos acostumbrado a hablar sobre el “fundamento trinitario” de la misión, es decir, que el origen o la fuente de la misión es Dios Uno y Trino. Como sabemos, el decreto del Vaticano II sobre “La actividad misionera de la Iglesia” (Ad Gentes), rastrea el origen de la misión de la Iglesia en el envío por el Padre del Hijo y del Espíritu Santo con el fin de llevar a cabo el plan universal de salvación de Dios (AG 1-2, 9). Esta comprensión se basa en la visión de Dios Uno y Trino como comunión e interacción entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta comunicación o diálogo en la vida íntima de Dios se desborda en la creación y la historia, y constituye la misión, es decir, el diálogo continuo de Dios con el mundo, un diálogo que invita y atrae a toda la humanidad a la plena comunión con la comunidad divina.

Por lo tanto, en el corazón de la Trinidad está la misión. Y por eso, estar dedicados a la Trinidad es estar comprometidos con la misión. Una espiritualidad basada en la Trinidad es una espiritualidad para la misión. Esto se ve muy bien en la lectura del Evangelio de esta mañana. Al parecer, la elección de esta lectura del Evangelio viene principalmente del hecho de que contiene la expresión más clara en el Nuevo Testamento de la fe trinitaria, lo que probablemente era una fórmula bautismal en la iglesia primitiva: “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Pero, por una feliz coincidencia, también contiene el gran “mandato de la misión”: “Vayan, pues, y hagan discípulos en todas las naciones”. Por lo tanto, esta lectura del Evangelio pone de relieve el vínculo necesario entre la Trinidad y la misión. Tal vez, deberíamos leer la fórmula trinitaria no sólo junto al “bauticen”, sino también junto con el “vayan” – no sólo “bautizarlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, sino también “Vayan, pues, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

En segundo lugar, la Interculturalidad.
Desde la época de la iglesia primitiva, la teología cristiana siempre ha entendido la unidad en la Trinidad no como uniformidad, sino como la unidad en la diversidad. En el Prefacio de la Misa de la Santísima Trinidad se dice: “Tú eres un solo Dios, un solo Señor, no en la unidad de una sola persona, sino en una trinidad de una sola sustancia”. En la Trinidad, la unidad o la unicidad divina implica la pluralidad o la diversidad, y la diversidad o la pluralidad divina constituye la unidad o la unicidad. Por lo tanto, en la Trinidad, cuanto más Dios es uno, más es diverso y plural, y cuanto más Dios es diverso y plural, más es uno. O, como alguien ha dicho: En la Trinidad, hay un “yo” y un “tú”, pero nunca un “mío” o un “tuyo” – un “yo” y un “tú”, es decir, la diversidad o la pluralidad, pero nunca un “mío” o un “tuyo”, es decir, la unidad o la comunión.

La espiritualidad trinitaria del Fundador le permitió fundar tres congregaciones religiosas misioneras que están abiertas a la diversidad de las diferentes culturas. Esta apertura a la internacionalidad y a la interculturalidad ha encontrado su lugar en nuestras Constituciones, en las que el Prólogo define a nuestra congregación como “una comunidad de cohermanos de diferentes naciones y lenguas”. Tal vez ayude recordar que nuestra familia religiosa nació en un pequeño pueblo en la frontera entre dos países. Su nacimiento estuvo acompañado por la experiencia del Fundador de ser un rechazado, de ser expulsado al otro lado de la frontera. Sospecho que esta experiencia dejó una impresión duradera en el Fundador. Como resultado de ello, fundó unas congregaciones que no tienen fronteras, y cuya misión es trabajar para la eliminación de las barreras que dividen a la gente.

Por lo tanto, misión e interculturalidad, dos aspectos de la Trinidad y dos características de nuestra Congregación. Hoy, al abrir nuestro Capítulo General XVII y con la mirada puesta en el Dios Uno y Trino, nos vemos a nosotros mismos, a nuestra congregación, reflejada en el misterio de la Trinidad. Somos una congregación religiosa misionera. Somos una congregación misionera internacional o intercultural. Estas dos características esenciales de nuestra identidad proporcionarán la perspectiva de nuestras reflexiones y debates en este capítulo general. ¿Qué significa ser una congregación misionera internacional o intercultural hoy en día en el contexto de un mundo que es cada vez más multicultural? ¿Qué dirección tenemos que tomar? ¿Qué acciones tenemos que emprender?

La oración por el Capítulo General XVII nos da una pista. Dice que como una congregación misionera intercultural hemos sido “llamados de entre los pueblos de diversas naciones y lenguas para compartir en la misión universal de reunir a la humanidad en la comunión trinitaria de Dios”. Esto implica trabajar para promover la unidad en la diversidad en nuestra propia congregación, en la Iglesia misma y en el mundo en general. Además, conlleva la misión de crear comunidades donde la gente pueda sentarse a la mesa con Jesús, comunidades en las que invitamos a los pecadores a unirse a nosotros en nuestro camino de conversión, comunidades en las que acogemos a los extranjeros y los marginados, los pobres y los excluidos. En otras palabras, la misión de ayudar a romper las barreras y las fronteras que separan y dividen a la gente. Porque en el Reino de Dios, no hay barreras ni fronteras, no hay extraños o marginados, sino sólo hermanas y hermanos que se sientan a la mesa en el banquete celestial.

Ite ad gentes, testificate inter gentes, venite cum gentibus. A la luz de las lecturas de hoy, creo que estos son los tres momentos de nuestra llamada a la misión: Ir a todas las naciones, ser mis testigos en medio del pueblo, y caminar con gente de toda nación, raza y lengua al encuentro universal al fin de los tiempos en torno al trono del Cordero.

Queridos cohermanos, el Señor que nos envía a ir, testimoniar y reunir, también nos promete estar “con nosotros hasta el fin del mundo”. Oremos para que esté con nosotros en nuestro capítulo general. Que su presencia entre nosotros haga de nuestro capítulo general, no sólo un debate y una reflexión fructíferos sobre la misión y la interculturalidad, sino también una verdadera experiencia de compartir la vida y la misión interculturales entre nosotros. Que, por encima de todo, pueda ser una experiencia de verdadera comunión trinitaria entre los cohermanos que han venido de “toda nación, pueblo y lengua”.