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GC XVIII-2018

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General Chapter XVIII - 2018

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LA AUDIENCIA PAPAL

22 de junio 2018

1. INTRODUCCIÓN

Uno de los puntos culminantes del XVIII Capítulo General fue la audiencia especial con el Papa Francisco. Este evento tuvo lugar el 22 de junio 2018 en la Sala Clementina del Vaticano. El Papa Francisco apareció ante el contingente de 155 personas – verbitas, representantes de las SSpS y socios laicos. Este grupo había viajado desde el Centro Ad Gentes de Nemi a Roma para encontrarse con el Santo Padre, escucharlo y recibir su bendición apostólica. A pesar de la recargada agenda que tenía para ese día, el Papa Francisco entró en la sala con una amplia sonrisa para dirigirse a todos nosotros, quienes estábamos igualmente entusiastas de encontrarlo. Después de una breve introducción del Supe-rior General P. Heinz Kulüke, SVD, el Papa Francisco procedió a dar su charla en español, la cual correspondía con el tema del Capítulo General: «El amor de Cristo nos urge (2Cor 5,14): Enraizados en la Palabra, comprometidos con su misión». El Papa Francisco, aparte de recordar a los miembros de la Congregación acerca de la naturaleza misionera de la frase paulina seleccionada para el tema de Capítulo, nos dio una exhortación adicional sobre nuestra vocación misionera.

Después de impartir su bendición, el Superior General le presentó al Papa algunos regalos: La Misión SVD 2018 (Libro amarillo), y 12 copias de la Biblia para Niños en 12 idiomas, a la vez que la credencial del Capítulo con su nombre, Papa Francisco, como un gesto de su pertenencia entre nosotros. Después tuvimos una agradable sorpresa cuando se levantó de su asiento y comenzó a estrechar la mano de cada uno de nosotros. Con un gesto así, toda la sala se llenó de gracia y bendición.

2. DISCURSO DEL SUPERIOR GENERAL P. HEINZ KULÜKE, SVD AL PAPA FRANCISCO

Estimado Santo Padre,

Le estamos muy agradecidos por invitarnos a estar con usted aquí hoy durante la primera semana de nuestro XVIII Capítulo General con el tema: «El amor de Cristo nos urge: enraizados en la Palabra, comprometidos con su misión».

En nombre de todos mis compañeros Hermanos, Hermanas y Compañeros de Misión, quisiera agradecerle especialmente por su testimonio de fe y servicio, que nos alienta y desafía a renovarnos siempre y a perseverar en nuestras vidas como misioneros. Su preocupación por los pobres y la creación de Dios es un recordatorio constante también para nosotros como Misioneros del Verbo Divino de lo esencial de la misión del Señor que estamos llamados a compartir.

Las personas que están ante usted son los Misioneros del Verbo Divino, de muchos países y culturas diferentes, junto con representantes de las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo y nuestros socios laicos en la misión. Fieles a la tradición de nuestro fundador, San Arnoldo Janssen, proclamamos y aspiramos a vivir la Palabra de Dios en más de 80 países del mundo, a menudo en condiciones difíciles, compartiendo nuestra fe en el Dios Trino y en nuestra Santa Madre Iglesia.

Los muchos rostros felices que usted ve aquí hoy de diferentes colores de piel, razas y naciones le muestran no solo la diversidad de la Iglesia, sino también que somos seguidores felices y agradecidos de Jesucristo.

Proclamar la alegría del Evangelio es parte de nuestra misión SVD. Nuestro fundador, San Arnoldo Janssen, dijo que «la proclamación del evangelio es la mejor expresión de amor al prójimo». Como muestra de nuestra gratitud y aprecio, nos gustaría presentarles algunos pequeños obsequios. Entre ellos se encuentran: Un libro que muestra el trabajo de nuestros misioneros en todo el mundo y una selección de copias de la Biblia para Niños, publicada por nuestra Editorial Verbo Divino en 157 idiomas diferentes.

Una vez más, me gustaría darle las gracias, querido Santo Padre. En nombre de todos nosotros, le aseguro nuestras oraciones por usted personalmente y por la Iglesia, así como por nuestra dedicación continua y desinteresada a la misión de Dios.

Al finalizar nuestra visita, en profunda gratitud, le pido cordialmente sus bendiciones para todas las personas que se nos han confiado en nuestras misiones en todo el mundo, para nuestros socios laicos en la misión y sus familias, para aquellos presentes aquí y para todos los miembros de nuestras tres congregaciones religiosas misioneras fundadas por San Arnoldo Janssen.

3. DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN EL CAPÍTULO GENERAL DE LA SOCIEDAD DEL VERBO DIVINO (VERBITAS)

Sala Clementina
Viernes, 22 de junio de 2018

Queridos hermanos y hermanas:

Permítanme que en primer lugar salude al Superior General y le agradezca las palabras que me ha dirigido en nombre de toda la Sociedad del Verbo Divino. Les doy la bienvenida y deseo manifestarles mi alegría de estar con ustedes en este encuentro, con motivo del Capítulo General, siempre un capítulo general constituye un momento de gracia para toda la familia Verbita, como también para la Iglesia y para el mundo entero. Y como se trata de seguir con fidelidad a Cristo, pidamos la asistencia del Espíritu Santo, «el Padre de los pobres», como le gustaba decir a san Arnoldo Janssen.

El tema que guía sus trabajos tiene un claro sabor paulino y misionero: «“El amor de Cristo nos urge” (2 Co 5,14): enraizados en la Palabra, comprometidos en su misión». Es el amor de Cristo que nos empuja a la renovación personal y comunitaria para fortalecer el compromiso de salir y anunciar el Evangelio. Para esto será necesario volver a mirar las raíces, ver dónde están arraigados, cuál es la savia que da vida a sus comunidades y a las obras que realizan, en cada rincón del mundo donde están presentes. Desde esta mirada a los orígenes, quisiera reflexionar en torno a tres palabras: confianza, anuncio y hermanos.

En primer lugar, la confianza. Confianza en Dios y en su divina Providencia, porque el saber abandonarnos en sus manos es esencial en nuestra vida de cristianos y consagrados. ¿Hasta dónde llega nuestra confianza en Dios, en su amor providente y misericordioso? ¿Estamos dispuestos a arriesgar, a ser valientes y decididos en nuestra misión? San Arnoldo estaba convencido de que en la vida de un misionero no hay nada que pueda justificar la falta de valentía y de confianza en Dios. No permitamos que entre noso-tros, que hemos experimentado el amor de Dios, haya miedo y cerrazón, como tampoco que seamos nosotros quienes pongamos frenos y trabas a la acción del Espíritu. Conscientes del don recibido, de «tantas pruebas de la ayuda divina», los animo a renovar la confianza en el Señor y a salir sin miedo, a dar testimonio de la alegría del Evangelio, que hace felices a muchos. Que esta confianza en el Señor, renovada cada día en el encuentro con Él en la oración y en los sacramentos, los ayude también a estar abiertos al discernimiento, para examinar la propia vida, buscando hacer la voluntad de Dios en todas sus actividades y proyectos.

La segunda palabra es anuncio. En su carisma es esencial proclamar la Palabra de Dios a todos los hombres, en todo tiempo y lugar, aprovechando todos los medios posibles, formando comunidades de discípulos y misioneros que están unidos entre sí y con la Iglesia. En el corazón de todo Verbita deben arder como un fuego que no se apaga las palabras de san Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16). Ese ha sido el desvelo de tantos misioneros y misioneras que los han precedido, esa es la antorcha que les han legado y el desafío que hoy tienen por delante. Su fundador pensó en ustedes como misioneros ad gentes. «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia» (Mc 16,15). El mandato misionero no conoce fronteras ni culturas, pues todo el mundo es tierra de misión.

Aunque esto es un poco desordenado, pero el asunto es ir, después será el orden, más adelante. Pero la vida del misionero siempre es desordenada. Solamente tiene una seguridad de orden: la oración. Y con la oración va adelante.

Queridos hermanos: Si están anclados en la Palabra de Dios, enraizados en ella, si la asumen como fundamento de sus vidas y dejan que la Palabra arda en sus corazones (cf. Lc 24,32); esta Palabra los irá transformando y hará de cada uno de ustedes un verdadero misionero. Vivan y déjense santificar por la Palabra de Dios, y vivirán para ella.

La tercera palabra que propongo es hermanos. No estamos solos, somos Iglesia, somos un pueblo. Tenemos hermanos y hermanas a nuestro lado con quienes recorremos el camino de la vida y de nuestra propia vocación. Una comunidad de hermanos unidos por el Señor que nos atrae y nos aglutina, asumiendo lo que somos como personas y sin dejar que seamos nosotros mismos. De Dios reciben la fuerza y la alegría para mantenerse fieles y para marcar la diferencia, siguiendo el camino que nos indica: «Ámense unos a otros» ( Jn 13,34). Es hermoso ver una comunidad que camina unida y donde sus miembros se aman; es la mayor evangelización. Aunque se peleen, aunque discutan, porque en toda buena familia que se ama, se pelea, se discute. Pero después hay armonía y hay paz. El mundo, como también la Iglesia, necesita palpar este amor fraternal a pesar de la diversidad y la interculturalidad, que es una de las riquezas que obtienen ustedes. Una comunidad, en la que sacerdotes, religiosas y laicos se sienten miembros de una familia, en la que se comparte y se vive la fe y un mismo carisma, en la que todos están al servicio de los demás y nadie es más que el otro.

Y así, unidos, podrán afrontar cualquier dificultad y la tarea de salir al encuentro de otros hermanos que están fuera, excluidos por la sociedad. Vivimos la cultura de la exclusión, la cultura del descarte. Salir al encuentro de esos hermanos excluidos, abandonados a su suerte, pisoteados por intereses egoístas… Ellos también son nuestros hermanos que necesitan nuestra ayuda y necesitan experimentar la presencia de Dios que sale a su encuentro. Allí también ustedes son enviados para hacer realidad el espíritu de las Bienaventuranzas a través de las obras de misericordia: escuchando y dando respuesta a los gritos de quienes piden pan y justicia; llevando paz y promoción integral a los que buscan una vida más digna; consolando y ofreciendo razones de esperanza a las tristezas y sufrimientos de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo… Que esta sea la brújula que oriente sus pasos de hermanos y misioneros.

Dos cosas, los orígenes. Los orígenes no son solo una historia, no son una cosa, no son una espiritualidad abstracta. Los orígenes son raíces y para que la raíz pueda dar vida hay que cuidarla, hay que regarla. Hay que mirarla y quererla. Les dije que estén arraigados a los orígenes, es decir, que los orígenes de ustedes sean raíz que los haga crecer. La segunda cosa, no es un pensamiento lúgubre. Piensen en los cementerios. Cementerios de regiones lejanas, en Asia, en África, en Amazonia… Cuántos de ustedes están allí y en la lápida se lee que murieron jóvenes, porque se jugaron, se jugaron la vida. Raíces y cementerio que también son raíces para ustedes. Que Dios los bendiga, recen por mí y no se olviden: raíces y cementerio. Gracias.