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▪ Introducción

▪ Una Espiritualidad de Reconciliación

▪ Oracion ecumenica por la paz


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„No basta hablar de la paz.
Hay que creer en ella.
Y no basta creer en ella:
Hay que trabajar por la paz.”

(Eleanor Roosevelt)

ada año, para el día 21 de septiembre, las Naciones Unidas invitan a una Vigilia Internacional por la paz. Cada año, en su mensaje el día 1 de enero, el Papa ora por la paz y llama a toda la humanidad a comprometerse con ella. El Consejo Ecuménico de las Iglesias (WCC) declaró los años 2001 a 2010 como “Decenio para Superar la Violencia”

Las iglesias en busca de reconciliación y paz

La obispa luterana Margot Käßmann dice en un mensaje que las iglesias – a más de una labor intelectual y de otros trabajos concretos por la paz – “deben celebrar servicios religiosos que sean una vivencia de la comunión en la Cena del Señor. Será preciso crear liturgias que den espacio a que las víctimas de la violencia expresen su llanto y dolor, - liturgias que al mismo tiempo celebren con esperanza el futuro de Dios, y dejen entrever que la no-violencia a pesar de todo siempre ha sido una realidad en la Biblia y en la historia de la humanidad.”

El tema central de Justicia, Paz e integridad de la Creación durante este año será: La Paz.

Paz - “Shalom”, no es simplemente la ausencia de violencia - aunque eso, en un mundo con actualmente 30 conflictos armados, por cierto ya sería un enorme logro!

“Shalom” – esa palabra expresa el bienestar de toda la persona, también la manera de cómo vivir y convivir: tener vida, y tenerla en abundancia, como lo dice San Juan en su evangelio (Juan 10,10).

Por lo tanto los materiales de este año circulan alrededor de: violencia, tolerancia y reconciliación.

Con el articulo “Espiritualidad de la reconciliación” de Robert Schreiter quiero invitarte a pensar en tus propias actitudes hacia los demás. Tal vez la lectura te pueda inspirar de hacer algún paso de paz y reconciliación en tu grupo o comunidad.

Te deseo un buen tiempo de descanso, de unas merecidas vacaciones.

Miguel Heinz svd

Materiales sobre JPIC? Vea: http://www.svdcuria.org/public/jpic/index.htm


Una Espiritualidad de Reconciliación

Las bases bíblicas para una Espiritualidad de Reconciliación

as bases bíblicas para comprender la reconciliación se encuentran especialmente en historias como en las de Esaú y Jacob, y José y sus hermanos en el Génesis, o como la del hijo prodigo en el Evangelio de Lucas. San Pablo es quien nos habla más directamente de la reconciliación. Me gustaría empezar sugiriendo cinco principios que se desprenden de sus reflexiones, especialmente en 2 Cor 5,17-20.

Reconciliación es ante todo y en primer lugar obra de Dios.

Creemos que la salvación viene de Dios, y no de nuestros esfuerzos. La obra de reconciliación, y en especial de reconciliación social, es que el perjuicio causado es de tal magnitud que humanamente nos supera. Solamente Dios tiene la perspectiva que puede solucionar las cosas. No somos más que agentes de la obra de Dios — “embajadores de parte de Cristo”. Sólo viviendo en comunión con Dios podemos reconocer el poder terapéutico de Dios sobre el mundo. Es por ello que la reconciliación es más una espiritualidad que una estrategia. Pensar diversamente llevará a quemarse física y psicológicamente cuando se fracasa en los intentos de reconciliación (como a menudo ocurre).

La obra de reconciliación de Dios empieza con la víctima.

De ordinario pensamos en la reconciliación en estos términos: el malhechor se arrepiente y busca el perdón de la víctima. La víctima perdona al malhechor y así hay reconciliación. Esta es una idea maravillosa, pero en realidad el malhechor a menudo no se arrepiente. A veces los malhechores creen que no tienen nada de que arrepentirse (es esto lo que afirman los dictadores). Otras veces el malhechor no está presente, ni es identificable (el malhechor puede que haya muerto o que sea desconocido). ¿Y la víctima? ¿La recuperación de la víctima depende de la capacidad que el malhechor tiene de arrepentirse? Y si el momento de la reconciliación no llega nunca ¿sigue la víctima siendo rehén del malhechor? Nuestra idea de reconciliación arranca de la certeza de que Dios empieza con la víctima. Dios sana a la víctima devolviéndole la humanidad que el malhechor le ha arrebatado al considerarle un mero objeto (en casos de estupro o acoso sexual) o no persona (en casos de secuestro o poblaciones obligadas a dejar su tierra natal). Dios empieza con la víctima y esto sintoniza con nuestra idea de un Dios que protege a la viuda y al huérfano, al forastero y al preso. No todas las victimas son capaces de aceptar esta oferta de sanación; pero el que la haya, revela la esencia misma de la idea cristiana de reconciliación.

Dios hace de la víctima y del malhecho runa nueva creación.

Recuperarse del trauma del pasado, u obtener el perdón por el mal que se ha hecho, no significa volver a la situación que ha precedido el conflicto o el trauma ocurridos. Esto significaría quitarle importancia al daño que el mal ocasiona. En ambos casos — sanación y perdón — la víctima y el malhechor se encuentran en un estadio nuevo, en una fase que no podían anticipar. La sanación llega como una sorpresa. Para la víctima la reconciliación es más que remover la carga del pasado. Consiste en llegar a un nuevo estadio y recibir el don de una visión diferente del mundo. Por ello, es mejor que los procesos de reconciliación social estén llevados por personas que han tenido esta experiencia de sanación, porque pueden ver lo que el resto no puede.

Colocamos nuestro sufrimiento en la historia del sufrimiento, muerte, resurrección de Cristo.

El sufrimiento de por sí no ennoblece; más aún dejado a sí mismo, destruye a las personas y a la sociedad. Sólo cuando se lleva a un nuevo espacio social, y se le enlaza con una red de relaciones el sufrimiento ennoblece y redime. Como cristianos colocamos la historia de nuestro sufrimiento en la historia de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús. Y esto se ve bien en Filipenses 3,10 donde Pablo dice que desea conocer a Cristo y tener parte en sus sufrimientos, hasta ser semejante a él en su muerte y alcanzar la resurrección de los muertos. La historia de Jesús es el marco que da sentido y esperanza a los que buscan liberarse de su pena.

Sólo cuando Dios será todo en todos la reconciliación será total.

Los himnos al comienzo de la Cartas a los Efesios y a los Colosenses nos recuerdan que la reconciliación que ahora experimentamos no es completa. Y sólo será completa y total cuando Cristo haya reconciliado en sí todas las cosas. En la obra de la reconciliación no hay que olvidar la diferencia entre optimismo y esperanza: el optimismo nace de la confianza que tenemos en lo que hacemos. La esperanza es la confianza en lo que Dios hará. La esperanza nos sitúa en un horizonte mucho más amplio y nos da visión de futuro.

Reconciliación individual y social

Habría que decir una palabra sobre la diferencia entre trabajar con individuos que han tenido un trauma y trabajar para la reconciliación social. Como ya se ha dicho, la idea cristiana de reconciliación consiste en devolver a la víctima la humanidad, devolviéndole así el ser creada a imagen de Dios (Gén 1,27). La reconciliación social trata de reconstruir la sociedad después de un conflicto. Se centra en la reconstrucción moral y simbólica de la sociedad, ya que éstas son bases para asegurar que el conflicto no estalle de nuevo. La reconciliación social entendida en este sentido busca la verdad, la justicia, sanar las memorias y el perdón social.

Una Espiritualidad cristiana de Reconciliación

Me gustaría hablar ahora de una espiritualidad que puede sostener a los que se comprometen con la obra de reconciliación. Como ya se ha dicho, sin un sentido de espiritualidad las estrategias de reconciliación (transformación del conflicto, conciliación), serán difícil de sostener. La espiritualidad que aquí se propone es importante tanto para la reconciliación individual como social.

Como otras formas de espiritualidad, las imágenes desempeñan un papel importante a la hora de centrar nuestra espiritualidad y guiarla. Las imágenes encarnan conceptos, pero tienen una resonancia mayor aún. Asimismo, las historias nos permiten enlazar los eventos que han cambiado nuestras vidas. En la reconciliación, las historias son doblemente importantes — historias sobre lo que ha ocurrido a las víctimas y sobre cómo han llegado a la sanación, o historia de lo que nos ha ocurrido como pueblo y de cómo llegamos al punto en que estamos.

Ahora me gustaría examinar una imagen que está en el centro mismo de una espiritualidad de reconciliación e ilustraría con unas historias, que vienen de la experiencia contemporánea y de la Biblia. Luego pasaré a indicar las prácticas de espiritualidad que emergen de esta imagen.

Las heridas como fuente de una Espiritualidad de Reconciliación

Cuando pensamos en las consecuencias de eventos que han alterado para siempre nuestras vidas de manera negativa, pensamos inmediatamente a la imagen de la herida. Una herida no es solamente un testimonio de que lo que ha ocurrido es algo malo. Una herida enconada o una cicatriz dan testimonio del papel de la memoria en nuestra vida. Si se trata de heridas profundas en nuestros cuerpos y en nuestras almas, las heridas no nos abandonan nunca. Son signos patentes del cambio permanente que ha ocurrido en nuestra vida. Las heridas, si siguen abiertas, nos atan al pasado del que no podemos escaparnos fácilmente. Las heridas, si se han transformado en cicatrices, nos sirven de umbral de la memoria del pasado, y nos recuerdan que ahora estamos en una fase distinta.

Las heridas juegan a la vez un papel positivo y negativo en la reconciliación. Miremos en primer lugar las heridas de las víctimas. Si las heridas de las victimas quedan abiertas, se enconan y llagan a la víctima que las tiene. Pueden inducir constantemente la víctima a recordar el momento en que han sido infligidas. Pueden llegar a ser un punto de referencia que exige ser interpretado a la luz de la pena que no cesa. Un ejemplo dramático de esto ocurrió en 1989. En un discurso, Slobodan Milosevic recordó al pueblo serbo la batalla del Campo de los Pájaros, que había estallado 600 años antes, cuando los Serbos Ortodoxos fueron derrotados por los Turcos Otomanos. Esa memoria seguía siendo suficientemente tóxica como para sumir a los Balcanes en la guerra por seis años.

Las heridas descuidadas pueden seguir envenenando los eventos futuros. Conocemos a gente que vive amargada por el mal que se le hizo años atrás y que no se ha recuperado nunca. Son rehenes de los eventos del pasado. Uno de los grandes peligros que se corre al descuidar las heridas es que las víctimas pueden pasar de ser víctimas a ser perpetradores del mal a los demás. En los conflictos civiles, es algo casi imposible definir quién es la víctima y quién es el perpetrador ya que, con el tiempo, las dos partes se quedan implicadas. Asimismo, no es raro para la gente que ha sufrido bajo regímenes autoritarios caer en la ilegalidad, la anarquía, o en el hedonismo después de la opresión subida. Es éste un comportamiento que la misma gente no toleraría en sus mejores momentos. Y esto acontece porque se ignora o reprime el poder de las heridas.

Es por ello que en el ministerio de la reconciliación hay que atender especialmente el estado de las heridas de las víctimas.

Pero ¿qué ocurre si hemos dejado sanar las heridas? Los que han logrado sanar sus heridas son los mejores candidatos para la obra de reconciliación. Las heridas de los que han experimentado la sanación pueden desarrollar una empatía insólita con los que sufren. Tienen una perspectiva de la herida que otras personas de buena voluntad consiguen con mucha mayor dificultad. Estos sanadores heridos pueden entrar en el universo del dolor y del sufrimiento de las victimas de una manera que es única. Pueden acompañar a las victimas como otros no podemos. Y es cierto que estos sanadores heridos a menudo desarrollan un sentido de vocación en ayudar a los demás como parte de su proceso de sanación.

Pero si el sanador ha ignorado sus heridas esto puede tener consecuencias negativas. Si futuribles sanadores no reconocen la presencia de sus heridas (o porque no les prestan atención o porque las niegan), sus heridas pueden dificultar su ayuda a los demás. Y esto puede ocurrir de muy diversas maneras. En primer lugar, las heridas ignoradas pueden precipitar a los sanadores en un comportamiento abierto al otro como medio para aplacar las heridas del pasado. Esto puede manifestarse en «la necesidad de ser necesitado”, para aplacar las heridas del pasado. Otras veces, los sanadores no dejarán que la víctima progrese, de no ser que las víctimas los sigan necesitando.

En segundo lugar, las heridas ignoradas pueden llegar a ser tan neurálgicas que si las memorias de las heridas se reavivan a causa de eventos presentes, el proceso de sanación se desvía hacia el sanador alejándose de la víctima. Y por último, las heridas ignoradas pueden causar al sanador el asumir riesgos indebidos, perjudicando así tanto al sanador como a la víctima. Esto puede ocurrir, en particular, a gente que arrastra estas heridas, y que luego se encuentra en situaciones de conflicto.

He hablado de las heridas que no reconocemos como tales porque a menudo las encontramos en miembros de institutos religiosos. Estas personas heridas pueden sentirse atraídas hacia la vida religiosa, o hacia un trabajo peligroso, o hacia la obra de reconciliación para probarse a sí mismas y ante Dios y demostrar que no tienen ninguna herida, o que pueden compensar las heridas que lleven. Esto es evidente, en particular, en personas que se lanzan a una actividad frenética, o ponen su vida a riesgo sin necesidad.

Hay que mencionar otra posible consecuencia negativa de heridas ignoradas para los que obran en el campo de la reconciliación. Hasta heridas sanadas pueden estar sujetas a un nuevo asalto cuando se trabaja en situaciones traumáticas. Cuando nos enfrentamos a una masacre, a mutilaciones deliberadas de individuos, al uso del estupro como estrategia militar, le vemos la cara al diablo, por así decirlo. Trabajar temporadas seguidas en estas situaciones puede ser una lucha contra la encarnación del mal. El mal no cede fácilmente, y hará lo posible para mantener su garra. Ahora bien, nos damos cuenta de que en estas circunstancias el mal requiere toda nuestra fuerza para abatirlo. Si no nos preocupamos de nosotros mismos, corremos el riesgo de perder nuestra propia humanidad. He visto a gente que no se ha preocupado de sus heridas del pasado y que, al comprometerse en la obra de reconciliación, ha empezado a tener un comportamiento cuestionable o equivocado que normalmente no hubiera tolerado. (En psicología a esto se le llama “trauma secundario” — es decir que el trauma del otro traumatiza a la persona que trata de ayudar). Dicho sencillamente: si no cuidas tus propias heridas — aunque estén sanadas — el mal te atacará especialmente en ese punto.

Puede que estas palabras sobre las heridas en la obra de reconciliación — tanto las heridas de las víctimas como de los que tratan de ayudarlas — pueden parecer demasiado psicológicas o sociológicas. Pero dan el marco para hablar de la espiritualidad de reconciliación.

Siguiendo los principios teológicos indicados en el proceso de reconciliación arriba mencionado, colocamos la historia de nuestras heridas en la historia del sufrimiento, de la muerte y resurrección de Cristo. Partimos aquí del relato de Juan 20,19-29. Cuando Jesús aparece a sus discípulos a pesar de que las puertas estén cerradas, la primera cosa que hace es mostrarles sus heridas. Aquí estamos delante de una profunda paradoja. En su cuerpo resucitado y glorificado, un cuerpo que puede pasar por puertas cerradas con cerrojo, Jesús sigue llevando las heridas de su tortura y de su muerte. Cuando los discípulos no le reconocen, él les muestra las heridas.

Pienso que esto tiene dos significados para nosotros. En primer lugar, como ya se ha dicho, hasta las heridas que han sido sanadas siguen formando parte de lo que somos. Hasta en el cuerpo transformado del Señor resucitado, siguen estando presentes. Quizá Jesús las usó para enseñarnos esta verdad. La memoria, y nuestra relación con el pasado, ayudan a constituirnos en lo que somos y en lo que podríamos devenir.

Y nos enseñan una segunda cosa. Cuando Jesús las usa para mostrarse a sus discípulos, nos damos cuenta de que son importantes para comprender qué piensa Jesús de sí mismo. Se convierten en parte de su sello, por así decirlo. Y luego envía a los discípulos a que ofrezcan el perdón de Dios. Las heridas que tenemos han de convertirse en fuente de sanación para los demás. Esto es ampliamente ilustrado en la siguiente escena del relato. Tomás, que no estaba presente cuando Jesús apareció a sus discípulos, no cree en lo que oye. Sencillamente no se lo puede creer. A lo mejor está resentido por no haber participado en esta experiencia. Cuando Jesús aparece por segunda vez, lo primero que hace es ir hacia Tomás. Lo invita no sólo a mirar sus heridas, sino a tocarlas, y a poner en ellas el dedo. Jesús se sirve de las heridas causadas por la tortura — heridas que debían aislarle de otros seres humanos —para conectar de nuevo con Tomás, con los demás discípulos, y con su ser interior. Quizá es aquí donde podemos entender mejor la frase de la Escritura “por sus llagas hemos sido sanados” (Is 53,4; 1 Pedro 2,24).

Al reconocer nuestras heridas, al poner nuestras heridas en las heridas de Cristo, al conectar nuestra historia con la historia de Jesús, nuestras heridas redimen a los demás. Podemos mostrar a los demás que no están solos y desconectados del resto de la humanidad. Si somos semejantes a El en su muerte, podemos llegar a conocer la resurrección (Fil. 3,10). Una espiritualidad de reconciliación encuentra su proyección en curar las heridas: las heridas de las víctimas, las heridas de los que trabajan para las victimas, y las heridas de Cristo.

Me gustaría concluir esta parte sobre una espiritualidad de reconciliación basada en las heridas con otro texto paulino, sacado de la Segunda Carta a los Corintios (4,7-11):

Con todo, llevamos este tesoro en vasos de barro para que esta fuerza soberana parezca cosa de Dios y no nuestra. Nos vienen pruebas de toda clase, pero no nos desanimamos. Andamos con graves preocupaciones, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aplastados. Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que vivimos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal.

Este pasaje encierra muchas de las dimensiones de una espiritualidad de la herida. La reconciliación es un tesoro, un don de Dios. Pero lo llevamos en vasijas de barro, es decir, en nuestros seres de frágiles agentes humanos de la obra de Dios. Examinar las heridas que nos marcan y volver a las memoria de las que son el emblema nos sume en un acervo de emociones: la experiencia de la aflicción, de la perplejidad, de la persecución, y del abatimiento más completo. Pero aún en medio de estas experiencias, llevamos en nosotros una cierta fuerza: no somos aplastados, no vivimos desesperados, olvidados, no somos derribados. Los que se dedican a la obra de reconciliación reconocerán estas emociones en las víctimas, y a menudo también en ellos mismos.

Lo que está claro es que, a pesar de estas adversidades, no somos aplastados por el gran tesoro que llevamos dentro. Pablo nota la paradoja que hace que esto sea posible: llevamos en nuestros cuerpos la muerte del Señor. El lenguaje es significativo. Muchas de las aflicciones que claman por la reconciliación están impresas en nuestro cuerpo: o en nuestro cuerpo individual como es el caso del estupro y de la tortura; o en el cuerpo político, en términos de memoria política. Las memorias no son solamente intelectuales o afectivas; a menudo son profundamente somáticas. La muerte de Jesús que llevamos dentro es una memoria somática: es la carga de su muerte inscrita en nuestros cuerpos. Y es algo que no podemos olvidar. La muerte de Jesús es una herida de la memoria que tiene muchas dimensiones. Es una herida que llevamos en lo íntimo de nuestro corazón, y cambia nuestra orientación hacia el sufrimiento padecido. No podemos huir de esa herida, ni tampoco alejarla de nuestros corazones y de nuestras mentes para olvidarla. Las heridas atraen nuestro sufrimiento hacia sí mismo, pero no es él el centro de nuestra atención. Más bien, apunta más allá, a la resurrección de Jesús, cuando las heridas serán transfiguradas y se convertirán en instrumento de salvación.

Juan Bautista Metz ha hablado de la peligrosa memoria de Jesucristo — peligrosa porque es liberadora, peligrosa porque el intento de poner fin a la historia de Jesús borrando su vida sólo llevó a su explosión en otra dimensión. La gracia sanadora de la reconciliación, la vida de Cristo hecha visible en nuestros cuerpos, encierra el mismo potencial peligroso y libertador. Es la diferencia entre ser derribados pero no aplastados. La capacidad que Dios tiene de reconciliar todas las cosas en Cristo, de hacer la paz con la sangre de su cruz (Col. 1,20) nos desvela el nexo entre nuestras heridas, las heridas de Cristo y el corazón herido de Dios que tanto amó al mundo.

Prácticas de una Espiritualidad de Reconciliación

¿Cuáles son las prácticas que encarnan esta espiritualidad de reconciliación? Me gustaría presentar dos prácticas:

  1. la práctica de la oración contemplativa, y
  2. la creación de espacios de seguridad y hospitalidad.

La oración contemplativa puede parecer una extraña práctica espiritual para algo tan activo como la obra de reconciliación. Pero hay por lo menos tres buenas razones para hacer esta sugerencia.

En primer lugar, si la reconciliación es ante todo y en primer lugar obra de Dios y nosotros somos agentes de Dios, entonces para ser agentes fieles y eficientes debemos estar en contacto y comunión perennes con Dios. La oración contemplativa es muy apta para ello. En la oración contemplativa no iniciamos la actividad - como puede ocurrir en la oración de intercesión o en la oración de alabanza. Más bien, aprendemos a esperar en silencio y con paciencia que Dios nos hable. Esta espera de Dios crea en nosotros la quietud que nos hace capaces de oír a Dios cuando nos llega la palabra de Dios. Esta espera silenciosa, paciente tiene el efecto colateral de enseñarnos cómo esperar y velar con los que buscan ser sanados. A menudo las víctimas necesitan contar sus historias una y otra vez, antes de que aparezca una palabra de sanación.

En segundo lugar, la práctica de la oración contemplativa prepara para los momentos en que Dios no nos habla. El volver a la oración contemplativa aún cuando no hayamos recibido una palabra de Dios es a menudo la condición de nuestra transformación espiritual. Ahora bien, a veces no llega ni la reconciliación, ni la sanación por muy pacientes y atentos que hayamos sido.

Y así esta espera de Dios puede prepararnos también para uno de los momentos más difíciles del ministerio de reconciliación:
los momentos estremecedores cuando Dios no solamente no habla, sino que parece no estar. Los que han sobrevivido a la tortura a veces cuentan esta profunda experiencia de ausencia. Por muy profunda que haya sido su fe, en el momento más hondo de dolor estaban completamente solos — Dios no estaba allí. El lamento de Jesús en la cruz en un momento en que Dios parecía ausente (Mt 27.26) puede ser el único lugar a donde llevar esta congoja sofocante.

En tercer lugar, la contemplación puede aumentar nuestra capacidad de imaginarnos la paz, la «nueva creación” de la que habla Pablo (2 Cor 5,17). Cuando se quiere superar la violencia, la paz es más que el cese del conflicto. Como hemos visto, es un nuevo lugar, bastante distinto del que esperábamos. Esperar y velar pueden hacernos sensibles a los mínimos movimientos de la gracia. La contemplación, pues, nos proporciona un camino hacia el futuro.

La segunda práctica de una espiritualidad de reconciliación es la creación de unos espacios seguros y acogedores. Son espacios en los que las victimas pueden morar para examinar sus heridas y empezar a imaginarse un futuro distinto. Estos espacios son tanto físicos como sociales. La Comisión Surafricana Verdad y Reconciliación quería ofrecer este tipo de espacio, donde las víctimas pudiesen decir su verdad sin represalias.

En primer lugar estos espacios han de ser seguros. Es decir, deben ser lugares donde las víctimas no sean heridas de nuevo. Ya que las heridas merman la confianza, la seguridad tiene que permitir la sanación de las heridas, y la reconstitución del tejido de confianza, volviendo a conectar al individuo con la familia humana.

Al crear espacios seguros, los ministros de la reconciliación preparan a las victimas de nuevo para una experiencia de la fidelidad de Dios. Es la base de la alianza, del sentido de pertenencia, y para creer en un mundo donde es posible esperar de nuevo. La firme presencia de los que trabajan a favor de la reconciliación (esa firmeza alimentada por la disciplina de la contemplación) hace que las víctimas puedan contar su historia sin ser interrumpidas o corregidas, y así experimentar que alguien les acompaña y no las abandona, que tienen a alguien que no huye de su rabia ni de sus lágrimas.

Este espacio debe ser también acogedor. Esto significa ante todo que hay que ofrecer hospitalidad con un lenguaje que la víctima entienda. Es hospitalidad según los términos de la víctima, no según los de la persona que los ofrece. Y hay que cuidar todo esto de manera especial, cuando hay diferencias culturales entre las víctimas y los que las ayudan. Hospitalidad significa, en segundo lugar, que la víctima es valorada, que se reafirma la humanidad de la víctima aunque esté disminuida por el trauma o por el mal padecido. La hospitalidad no es un medio para otro fin, sino es algo importante de por sí. En tercer lugar, la experiencia de hospitalidad puede preparar el camino a la experiencia de la hospitalidad divina — el don que llamamos gracia. La gracia es el momento en que la herida se sana, la humanidad se restaura, cuando la imagen divina (Gén 1,27) recobra brillo en la víctima.
La gran historia bíblica de la creación de un espacio seguro y acogedor es la de Jesús y los discípulos que comen a la orilla del mar (Juan 21, 1-19). En el relato Jesús prepara de comer para los discípulos. Durante la comida, que ha preparado con el pescado que ha traído él y con el pescado que han traído los discípulos, Jesús no dice nada. Esto crea un espacio seguro y acogedor. Solamente después de comer Jesús se vuelve a Simón y por tres veces le pregunta si le ama. La pregunta planteada por tercera vez le fastidia a Simón. Le recuerda otro momento, no hace mucho, cuando alrededor de un fuego él negó conocer a Jesús. Pero cada vez que reafirma su amor por Jesús, Este le encomienda algo —cuidar de sus ovejas. Jesús muestra que ha recobrado confianza en Pedro encomendándole a sus seguidores más vulnerables. Así como Jesús reconectó a Tomás con los discípulos en el precedente relato, así ahora hace lo mismo con Simón.

Conclusión

La reconciliación es algo que nuestro mundo pide a gritos. Y para que esto ocurra, debemos estar profundamente arraigados en una espiritualidad que nos sostiene en este arduo cometido. Una manera importante para entrar en esta espiritualidad es por medio de nuestras propias heridas, para llegar a las heridas de Cristo que sanan. Dos de las prácticas espirituales que nos llevarán a esto son la disciplina de la oración contemplativa y la creación de espacios seguros y acogedores para los demás. Hay, como es natural, otras dimensiones. Pero es por aquí que hay que empezar.

De: UISG - Boletín Número 123, 2004


El autor: Robert Schreiter, C.PP.S, enseña teología en la Universidad Católica de Chicago (USA) y en la Universidad de Nijmegen gen, Países Bajos. Sus libros y artículos sobre la reconciliación han sido publicados en varios idiomas. Es Consejero General de los Misioneros de la Sangre de Cristo.
Original en Inglés

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Paz y reconciliación
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ORACION ECUMENICA POR LA PAZ.

Dios único de todas las creaturas humanas,
tú creaste la tierra y el cosmos,
en toda su variedad, su belleza y su fragilidad.
También las diversas culturas y religiones te buscan apasionadamente,
origen de todas las cosas.
Tú quieres que todos los seres no sean una amenaza
sino una bendición recíproca.

El mundo debe ser, según tu voluntad,
una casa pacífica y habitable para todos,
Escogiste el vecino Oriente para que él, junto con nosotros, hiciera
conocer
tu Nombre y tu Camino en numerosos lugares.
Abraham, padre en la fe de los Hebreos, Musulmanes y Cristianos,
escuchó tu llamada
en la Región que se extiende entre el Éufrates y el Tigris, que es el
actual Irak.
Prometiste de modo especial al antiguo y al nuevo Pueblo de Israel
vida y futuro.
Como mujeres y varones cristianos te agradecemos,
sobre todo, por el Señor Jesucristo, nuestro Hermano.
El es nuestra PAZ.
El vino a derribar los muros y a dar a todos, sin distinción.
Vida y futuro.

Nos sentimos en comunión con las Iglesias del vecino Oriente,
Ellas dan testimonio del Evangelio de Jesús,
de la fuerza de la libertad sin violencia
y de la certeza de la Resurrección.
Te suplicamos,
también en unión con los hermanos y hermanas de aquellas Regiones
que tienen sus orígenes en el Vecino Oriente.
Tú nos creaste a todos a tu imagen y semejanza.

Todos somos tu imagen.
A todos los que te buscan en verdad
les inspiraste hambre y sed de justicia
y deseos de PAZ.
Todos, Musulmanes, Cristianos y miembros del Pueblo de Israel,
aspiran ardientemente a la reconciliación.
Todos estamos de luto por las víctimas del odio y de la violencia.
Todos, según tu proyecto, estamos llamados
a colaborar en la construcción de un mundo nuevo.
Nosotros te pedimos:
ten misericordia de todas las víctimas y de todos los culpables.
Te rogamos poner fin a este espiral de violencia, de enemistad,
de odio y de venganza.

Da a todos, sobre todo a los responsables de la política,
la convicción de que el camino de la PAZ duradera
no es el de la guerra,
sino el de la PAZ con Justicia.
Suscita, también hoy, en todas las religiones abrahámicas,
personas que sean instrumentos, mensajeras y mensajeros
de un mundo diferente.
Haz que los corazones se abran y cese la guerra,
aun antes de que comience.
Da la PAZ duradera al Vecino Oriente.
Haz que florezca para todos una patria segura.
Haz, Señor, que todos los hombres y mujeres de buena voluntad,
de todas las religiones,
del Norte y del Sur, del Oriente y del Occidente,
asuman sus responsabilidades,
derriben las montañas de los malos entendidos,
cubran las grietas del odio,
y abran caminos hacia un futuro común.

Haz callar las armas en este mundo, que es nuestro único mundo,
y haz que resuenen cada vez más fuerte
los clamores de PAZ.
PAZ para todos, sin diferencias.
Señor, único Dios,
¡Haz de todos nosotros instrumentos de tu PAZ!
AMEN

Hermann Schalück ofm