Congregación
del Verbo Divino

Proceso Sinodal.

Pautas para una Pastoral Sinodal desde la Espiritualidad y el Carisma del Verbo Divino

P. Marcelo Cattáneo, SVD
En el centro de este planteo está el ‘perfil verbita de la misión’. La Misión es una y única, porque es de Dios. El Espíritu ha dispensado múltiples carismas para que, como bautizados y consagrados, participemos de ella de un modo singular. No existe como tal una ‘misión verbita’, sino más bien espacios e instancias en las que nos encontramos comprometidos con la misión de Dios desde nuestra identidad y servicio carismático SVD.

Nuestro servicio a la Iglesia local no consiste en sustituir al clero local ni en ocupar puestos asalariados para sustentar nuestras estructuras. Más que ‘bautizar’ a las estructuras con nuestro nombre, se trata de impregnarlas con nuestra espiritualidad y carisma, con el propósito de que lleguen a desarrollarse plenamente como espacios misioneros. A la hora de preguntarnos por la relevancia de nuestro servicio misionero, no hemos de ser nosotros quienes justifiquemos nuestra presencia hablando de los diversos espacios, sino que han de ser los espacios mismos los que deberían hablar sobre nuestro testimonio y la vigencia de nuestro servicio específico.

Como Misioneros del Verbo Divino tenemos una marca identitaria que es fruto de un largo camino de discernimiento y búsqueda congregacional: ‘Nuestro Nombre es nuestra Misión’. Desde el carisma recibido, como don y como cometido misionero, testimoniamos el Reino de Dios en comunidades misioneras interculturales en diálogo profético a través de las cuatro dimensiones características.

En continuidad con este discernimiento, volvemos una vez más nuestra mirada al accionar misionero a fin de encontrar en él el reflejo de nuestro Nombre. Los siguientes puntos pretenden sumar a la reflexión común a fin de comprendernos mutuamente como peregrinos de un mismo camino misionero. El objetivo es revestirnos conscientemente de aquello que nos identifica para que cada espacio y servicio en el que nos desempeñemos esté impregnado del Nombre que llevamos. Presentamos tres dimensiones que pueden orientarnos en cada servicio misionero.


1. Comunión y Misión Trinitaria
Servicio para el encuentro y la comunión

a. Encuentro con Jesucristo y discipulado misionero

La misión de Dios nace del amor Trinitario. De ella somos partícipes por vocación. Hablamos y damos testimonio de lo que hemos visto y oído. Jesucristo es la puerta de entrada al seno de la Trinidad. Encontrarnos con Él posibilita la experiencia de amor que nos urge a compartir. Mc 3,13-14 es un texto clave para comprender el corazón y la finalidad de nuestro discipulado misionero. ‘Estar con Jesús’ y ‘ser enviados por Él’ son dos dimensiones de un solo llamado al encuentro con Él y a la comunión con la humanidad.

El encuentro con Jesús es siempre una experiencia personal que se nutre a través de la vida comunitaria-eclesial. De este encuentro depende la identificación personal con el proyecto de Jesús, el proceso de conversión y la respuesta consecuente. Sobre todo, en el encuentro emanan nuestras propias exigencias, resistencias y dudas, las cuales han de dejarse cernir y purificar por el amor de Cristo. Así se moldea el talante de un discípulo llamado a conformarse según la imagen del Hijo (Rom 8,29).

Es urgente reavivar hoy la mística del discipulado. Todo discípulo de Jesús debe conocer a su Maestro, y compenetrarse con el misterio de su persona hasta alcanzar los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Filp. 2,5). El discipulado misionero es respuesta a esta experiencia fundante, y la expresión transformadora de aquél dependerá en todo momento de cuánto se sostenga viva la llama de ésta en el tiempo.

Nuestras comunidades son espacios para favorecer la reflexión misionera, no como intercambio teórico, sino como un deseo constante de adentrarse en el misterio de la persona de Jesús que invita al silencio, la contemplación y la consagración de sí.

Promover instancias y espacios de oración, contemplación, mística

b. Centralidad de la Palabra y la Eucaristía (fe-vida)

El encuentro y la comunión se nutren a diario. Los momentos personales y comunitarios requieren presencia, disponibilidad y perseverancia. No son rituales a cumplir, sino más bien una gimnasia diaria de humildad, de gratitud y de entrega. En la vida y misión de Jesucristo encontramos nuestro paradigma. Él vivió toda su vida como una ‘eucaristía’ (centralidad en Dios, consagración al Reino, gratuidad de entrega y gratitud por la vida), y deseaba ardientemente sellar esa vida con una comida comunitaria que hiciera memoria viva y transformadora de este misterio pascual, signo sacramental del Reino.

La Palabra nos guía y nos enseña a vivir nuestro bautismo como una eucaristía, y la Eucaristía nos nutre para encarnar la Palabra en lo cotidiano. Ambas realidades, Palabra y Eucaristía, han sellado para siempre fe y vida, como dos dimensiones inherentes a nuestro discipulado y como un solo misterio de amor que se funde en el seno de la Trinidad. Hemos de realzar la centralidad de la Palabra de Dios en nuestras celebraciones comunitarias para no limitarla al mismo escalón de otras oraciones compartidas.

Quizá en este tiempo ameritaría una reflexión sobre nuestra comprensión cristiana de la Palabra y de la Eucaristía. Ambas nacieron en un ambiente religioso de tradición judía, donde todo acto de culto estaba unilateralmente dirigido a Dios. Como cristianos comprendemos que nuestras celebraciones de fe están centradas en la presencia del Resucitado y son para el crecimiento y la cohesión de la comunidad creyente. Celebramos la Eucaristía para renovar nuestro compromiso bautismal a la luz del misterio pascual de Cristo, no para cumplir con un rito y aplacar la ira de Dios. Proclamamos y reflexionamos la Palabra de Dios para dejar que Ella sea luz y guía en nuestro camino, no para agradar a Dios en la repetición interminable de textos.

Celebrar la Palabra y la Eucaristía con renovado fervor discipular y misionero

c. Apertura al Espíritu y discernimiento comunitario

Los momentos personales y comunitarios vividos en apertura al Espíritu de Dios son verdaderos ‘kairos’, en los que Dios se manifiesta, nos sorprende, nos interpela, nos ‘descoloca’ para conducirnos nuevamente al eje de nuestras vidas. En su presencia nos sabemos acompañados en el camino, sostenidos en la fragilidad, socorridos en las caídas, perdonados en la infidelidad, agraciados en las alegrías. El discernimiento comunitario en el Espíritu de Jesucristo es inherente a nuestra vocación misionera. Lo que a veces parecería ser una práctica rutinaria o sólo un ‘método espiritual’, es un ejercicio necesario para saber de dónde venimos, por dónde estamos caminando y hacia dónde nos dirigimos.

El liderazgo vivido desde el discipulado y la comunión nutren una atmósfera de discernimiento compartido. La misma realidad comunitaria, cargada de riqueza cultural, de talentos, de historias personales, de raíces contextuales conviviendo en un nuevo contexto, de experiencias religiosas y comprensiones mentales condicionadas por el camino personal y familiar, requiere un espacio siempre abierto al discernimiento compartido. Ningún miembro de la comunidad ha de tener la prevalencia de la palabra, y habrá que prestar atención a no excluir a nadie de la posibilidad del diálogo.

Una característica de los acontecimientos eclesiales aceptados como verdaderos ‘pentecostés’ (i.e., manifestación del Espíritu Santo) es que el Espíritu se manifestó a la comunidad, no a un destinatario individual. En el Nuevo Testamento encontramos varios relatos donde el Espíritu confirma aquello que se realiza en sintonía con el cometido misionero de la comunidad.

Favorecer la constitución de un equipo de reflexión misionera interdisciplinar

2. Comunión y Misión Intercultural
Espacios para la participación y la construcción comunitaria

a. Vínculos fundados en la comunión, el cuidado y el servicio

El encuentro con Jesucristo nos capacita para la comunión con los demás. En Él y desde Él abrazamos la diversidad como regalo de Dios a toda la humanidad. Nuestros vínculos, el modo cómo nos relacionamos con los demás, es reflejo fiel de un corazón misionero que se deja moldear constantemente por el Maestro, es el interior de una persona imbuida y urgida por el proyecto de Jesús, de un corazón discipular que sólo se siente caminar cuando va junto a la comunidad.

La cultura del cuidado se acrecienta en la medida que todos somos conscientes de necesitarnos mutuamente, íntegramente sanos. ‘No son los sanos quienes necesitan médico, sino los enfermos’ (Mc. 2,17). En medio de tantas miserias humanas, cada uno de nosotros camina como un ‘sanador herido’, instrumento frágil al servicio de la ‘sanación’ plena.

El cuidado mutuo es un aprendizaje diario, más aún cuando vivimos la dinámica misionera del cambio periódico de comunidad. En el camino fraterno la vida nos confronta con nuestros propios juicios condenatorios y habilita el espacio para la comprensión y la compasión. En el servicio pastoral nos dejamos cuidar y sanar por las heridas de los pobres, optamos por abandonar nuestras prácticas ‘sanadoras’ para saber reconocer a Jesús en la persona maltratada y dejarnos acariciar por esa experiencia única de redención.

Facilitar momentos de escucha fraterna y reconciliación comunitaria

b. Ministerialidad y corresponsabilidad de todos los bautizados

Nada nos pertenece, y sin embargo somos responsables de muchas cosas. Todo lo hemos recibido como gracia de Dios y el desafío es valernos de esos regalos para servir en la corresponsabilidad. Pensar o pretender apropiarse de un don de Dios como privilegio exclusivo, es desconocer la naturaleza y la finalidad de los dones que Dios dispensa. El religioso misionero goza de un don de Dios, no de un privilegio que lo coloca por encima de los demás bautizados. Dicho don sólo puede desplegarse y ser fructífero en el servicio a la comunidad, en el ministerio particular que implica. Además, cada ministerio bautismal cobra significado y relevancia en cuanto vivido dentro de la comunidad creyente, y en comunión de vida y de misión con los demás ministerios.

No nos es extraño en algunos de nuestros ambientes el pensamiento sobre el papel ‘insustituible’ del verbita en determinadas funciones como garantía de presencia congregacional. Sin embargo, desde una perspectiva sinodal, dicho pensamiento revela inseguridad, falta de liderazgo y deseo de poder. El énfasis ha de focalizarse en la capacitación conjunta (religiosos y laicos) a fin de fortalecer el compromiso con la misión encomendada. Todo don es recibido en ‘pañales’ y conlleva toda una vida desarrollarlo, potenciarlo, enriquecerlo en el conjunto de los dones comunitarios.

Al igual que el liderazgo, el tema de la ministerialidad ha de comprenderse en el espíritu comunitario del servicio: ‘un don recibido para dar’. Varios pueden ser los dones que una persona recibe, pero siempre habrá uno que configura y orienta su vida. Aquí radica la diferencia fundamental entre ‘don’ y ‘ministerio’. Los dones son gracia del Espíritu Santo que dispensa sus bienes a toda la comunidad. Los ministerios son servicios específicos y establecidos por la comunidad a fin de responder a las diversas necesidades pastorales.

Discernir comunitariamente los nuevos servicios que la comunidad requiere

c. Instancias de participación y construcción comunitaria

La comunión en la ministerialidad para la misión nos abre a una red de espacios e instancias que animan y nutren la participación de todos con el fin de alcanzar el bien común. Carecería de sentido hablar del discernimiento comunitario si no se respetaran las instancias de participación y las decisiones fueran sólo unilaterales. Lo que nos urge como comunidad creyente es escuchar, dialogar y discernir el camino misionero. En una pastoral sinodal, el poder en la toma de decisión no tiene la primacía, y el liderazgo a todos los niveles ha de velar por el espíritu de humildad, respeto y compromiso comunitario. Es fundamental tomar conciencia del estilo de liderazgo que ejercitamos y, con sinceridad y humildad, dejarnos cernir y purificar.

Aunque en algunas tradiciones culturales se acentúa la homogeneidad en la conformación de grupos, equipos, comités, organizaciones, no tiene que ser el principio reinante. La comunión de visión y la participación plena de todos los miembros, cada uno en su rol y servicio, han de ser las condiciones básicas de convivencia y de acción. Más que normativizar la estructura, es necesario profundizar el espíritu de comunión de vida y misión. Cada espacio ha de latir al compás del corazón que le dio origen e impulso inicial. Perdurar en el tiempo como signo de perseverancia de un grupo no es una clave misionera. Sí lo es permanecer arraigados en el espíritu de Jesús que nos impulsa a un constante ‘nacer de nuevo’ (Jn 3,3), aun cuando la estructura deba cambiar.

Asegurar que se respeten las instancias de participación y de toma de decisión

3. Comunión y Misión en Diálogo Profético
La vida plena como orientación misionera fundamental

a. Opción preferencial por los pobres

La perspectiva que Dios tiene para vernos como humanidad ha de ser la nuestra. ‘He visto y he oído el sufrimiento de mi pueblo…’ (Ex 3) es un texto que no deja lugar a dudas sobre la mirada preferencial que Dios tiene. Mirar la historia humana desde el lugar de los últimos es sintonizar con el corazón del Dios Trino. Más que un simple cambio de perspectiva se trata de una profunda y constante conversión espiritual. Nuestra cercanía y compromiso con los menos favorecidos es un reflejo de cuán profundamente arraigados estamos en el proyecto de Jesús. Su encarnación y pascua revelan la voluntad divina de que el ser humano viva en plenitud. Si bien los actos caritativos son loables y significativos en la vida de muchas personas, la promoción humana sigue siendo la meta última de todo camino evangelizador.

El diálogo comienza con la actitud de silenciamiento interior que capacita para escuchar las voces y los clamores de quienes pasan silenciados al costado de nuestras vidas almidonadas. El silencio se convierte en un ejercicio y luego en un hábito, capaz de potenciar nuestros sentidos primarios y percibir el entorno sin auriculares, sin lentes oscuros, sin perfumes artificiales, sin guantes, sin comentarios estereotipados. El ‘otro’ adquiere un rostro, un nombre, una identidad, y se convierte en una interpelación que reclama una respuesta.

La persona pobre me desviste con su desnudez, me desestructura con su espontaneidad, me libera con su libertad, me interpela con su mirada, me cuestiona con su simplicidad, me desestabiliza con su marginalidad, me confronta con mi Dios con su humanidad ultrajada. Cuando una persona o un grupo humano se mira desde la realidad de los más pobres, brota la caridad, la solidaridad, la beta humana que nos conecta a todos y nos hace cercanos en nuestras propias fragilidades. Especial atención habrá que tener para que ninguna acción caritativa se convierta en una actividad rutinaria ni tranquilizante de conciencias. El pobre es y siempre será ‘sujeto’. Nuestra solidaridad no puede estar disociada del esfuerzo por hacer que el pobre protagonice un camino conjunto de evangelización-humanización.

Focalizar nuestros esfuerzos, tiempos y recursos en la promoción del ser humano

b. Planificación pastoral al servicio de la vida

Como testigos del Reino crecemos en la justa planificación de nuestro servicio pastoral, conscientes de poder aportar sólo una parte a la gran obra de Dios. Puesto que la Misión de Dios nos hace partícipes de un camino, nos dejamos orientar por los signos y elementos que el mismo Dios nos brinda en el caminar, discerniendo a cada paso lo que es deseable, lo que es urgente y lo que es necesario.

Ni la liturgia ni los sacramentos ni el cumplimiento de nuestras diversas tareas han de convertirse en la finalidad última de nuestro servicio misionero, dejándonos con un sentimiento de satisfacción. ‘Seremos juzgados por el amor, no por el sentimiento’ (Francisco, Ángelus, 20/11/2020). Nuestro accionar misionero no ha de limitarse a un calendario litúrgico, escolar, institucional o civil. Sabernos peregrinos en las comunidades con las que compartimos vida y misión por un determinado tiempo, nos hace responsables de una planificación comunitaria a largo plazo. Planificación a la cual se le debe dar continuidad y énfasis en cada momento de transición; evitando la ruptura, el descrédito y el olvido. Los espacios misioneros no nos pertenecen; somos simples servidores a tiempo y realizamos nuestra misión en comunión plena con la comunidad eclesial, institucional y congregacional.

La planificación abarca también la administración de nuestros bienes, la cual adquiere suma relevancia cuando todo cobra la perspectiva del Reino. Los recursos a nuestra disposición son voluptuosos y reclaman una administración sólida y transparente. Todos los recursos materiales a nuestra disposición pertenecen a la ‘misión’. Quizá sea interpelante hoy reflexionar sobre la disminución de los recursos, no tanto respecto del volumen a disposición, sino a la divergencia de orientación y finalidad de estos. Evidenciamos actitudes egoístas, personalistas e irresponsables en el manejo de fondos para la misión. La escasez de los recursos es una denuncia silenciosa sobre estos desvíos. La planificación estratégica colabora siempre a retomar el propósito central del uso de los bienes materiales que siempre es la promoción de la vida de todo ser humano.

Fomentar la planificación estratégica en todos los ámbitos de nuestra vida y misión

c. Dimensiones Características del Verbo Divino

Estas cuatro notas son nuestra carta de identidad en cada espacio humano donde nos encontremos. Ellas ilustran nuestro testimonio intercultural de la misión como diálogo profético. Estas notas son una contribución específica a la Iglesia local, y a toda institución en la que nos encontremos trabajando. En ningún modo han de objetarse como obstáculos o propuestas paralelas al camino pastoral de una diócesis, o al itinerario educativo de un colegio, o al proyecto institucional de alguna entidad en la que servimos. Cuando eso ocurra, significa que nos hemos enajenado de nuestra propia identidad verbita. Nuestra raigambre en la Palabra, el celo misionero evangelizador, la conciencia de comunicarnos desde el corazón para afianzar la reconciliación y la comunión, y el compromiso por la justicia, la paz y la ecología integral, son expresiones que brotan del Misionero del Verbo Divino.

Nuestro accionar misionero se ve particularmente orientado desde las dimensiones características, las cuales no fungen de complemento a un servicio pastoral determinado, sino que conforman el estilo propio de servicio verbita a la comunidad eclesial, educativa, institucional, humana. Toda responsabilidad evangelizadora asumida desde el carisma congregacional es una respuesta concreta a la Misión de Dios, y está conformada por nuestro modo de enraizarnos en la Palabra, a fin de comunicar el corazón del proyecto de Jesús, para que Ella sea carne y desafío misionero en ese lugar particular, y contribuya a la transformación del entorno por el sendero de la justicia, la paz y la integridad ecológica.

Profundizar en la comprensión de nuestras Dimensiones Características

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