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- / Homilía / P. Anselmo R. Ribeiro / Superior General /
- diciembre 25, 2025
Hoy ha nacido el Salvador, ha terminado la espera y se renueva la esperanza.
Collegio del Verbo Divino – Roma
¡La espera ha terminado!
“La espera ha terminado: el Niño divino no llama a la puerta, sino que la derriba con el dulce estruendo de un llanto que ya es canto de victoria.”
(San Bernardo de Claraval)
La plenitud de los tiempos ha llegado y la gracia de Dios se ha manifestado para la salvación de todos.
Es esta esperanza la que hoy nos conduce a la gruta de Belén.
Quienes habitaban en tierra de tinieblas siguen viendo brillar una gran luz.
Dios se ha hecho hombre y se ha entregado por nosotros, para rescatarnos de toda iniquidad y formar para sí un pueblo nuevo.
La espera ha terminado.
La Navidad es un encuentro entre los íntimos: en la familia, en la comunidad, en una noche silenciosa.
Sea en la ciudad o en el campo, para quienes celebran la venida del Salvador, parece que todo se detiene ante el pesebre, en silencio.
Esto no significa que el mundo se haya detenido.
Guardan silencio aquellos que esperaban.
El profeta Isaías contrapone tinieblas y luz e insiste en la alegría que brota de la liberación.
Anuncia la caída de los símbolos de la fuerza y del poder y llega incluso a soñar con las vestiduras de guerra arrojadas al fuego.
En el Evangelio según San Lucas vemos la dureza de un decreto que alcanza a todos y la frialdad de quienes no acogen.
El mundo sigue su marcha, indiferente.
Pero quienes viven de la esperanza saben detenerse, porque reconocen el signo.
Es tiempo de paz, de derecho, de sobriedad, de justicia, de piedad y de comunión.
Ahora es el tiempo de la gracia.
La salvación es para todos.
Frente a la fuerza de los decretos humanos y a las marchas de guerra que no se detienen, Dios se revela escondiéndose en un niño.
Su gloria se manifiesta en la luz.
¿Y quién puede detener la luz?
Ella ilumina las tinieblas, aunque estas persistan y pretendan dominar la historia.
Como los humildes pastores en vela, también nosotros podemos no darnos cuenta de que Dios ya está entre nosotros.
Podemos sentir miedo ante lo que nos rodea, pero estamos llamados a confiar en el signo: un niño envuelto en pañales.
Un signo humilde y presente que abre al futuro.
Dios abre caminos donde todavía no vemos nada.
Se manifiesta en la noche y en el silencio.
Él es Emanuel, Dios con nosotros, y camina con nosotros en todo lo que está por venir.
Por eso el pesebre nos pone ante el futuro.
El mundo está en constante transformación.
El Reino inaugurado está en construcción y somos llamados a colaborar en la obra de Dios.
Hemos aprendido a repetir: “Nuestro nombre es nuestra misión.”
También necesitamos aprender a insertarnos en las realidades a las que somos enviados, porque nuestro Dios se ha hecho hombre y desea ser encontrado en el rostro de la humanidad y en el corazón de cada persona.
Busquemos al Señor no solo en el pesebre, sino también en la vida.
Así como nos detenemos en contemplación para reconocer el misterio de la gracia, somos llamados a hacerla visible, a convertirnos en signos en las noches oscuras y frías de nuestro tiempo, en la vida de quienes aún esperan o de quienes ya se han cansado de esperar.
La Navidad nos recuerda que Dios quiso asumir nuestra humanidad herida.
Nuestra misión no nos permite olvidar esas heridas; al contrario: aun heridos, estamos llamados a aliviar el sufrimiento de los que sufren.
Hoy ha nacido el Salvador.
La espera ha terminado.
La esperanza se renueva.
Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres y mujeres amados por Él.
Padre Superior General Anselmo R. Ribeiro, SVD