Generalato
SVD

El P. Anslemo predicando en el Collegio del Verbo Divino de Roma.

«Porque aún no comprendían la Escritura: que era necesario que resucitara de entre los muertos» (Jn 20, 9).

Homilía del Padre General para la Pascua
Collegio del Verbo Divino – Roma

Queridos hermanos y hermanas:
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resuscitado! ¡Aleluya!

«Aún no habían comprendido que él debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20, 9).
Queridos hermanos y hermanas:
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!

El Evangelio de este día tan especial nos traslada a la mañana del primer día de la creación renovada. No se trata solo del amanecer de un día cualquiera, sino del inicio de una época completamente nueva, de una realidad transfigurada por la victoria de la vida sobre la muerte.

María Magdalena aún camina en la oscuridad, llevando en su corazón el peso de la ausencia, la pérdida y el dolor. Muchos de nosotros sabemos muy bien qué sentimientos llevaba consigo María Magdalena. ¿Cuántas veces caminamos también nosotros a ciegas, buscando signos de esperanza en la oscuridad de nuestras propias tumbas?

Sin embargo, es precisamente en este escenario sombrío donde ocurre algo sorprendente: la tumba está abierta. El cuerpo ya no está. Y la piedra —símbolo del fin, de la derrota, del silencio de la muerte— ha sido removida. El evangelio que acabamos de escuchar no habla de Jesús, sino de tres discípulos: María corre a anunciar la noticia, Pedro y el discípulo amado corren a ver, pero no encuentran una respuesta definitiva, solo una señal: los lienzos, el sudario doblado, el vacío que habla. Esto sucede porque la presencia de Jesús resucitado no es evidente; deja huellas y señales, pero no todos comprenden que provienen de él.

Estos tres discípulos representan cada uno una etapa del proceso de la fe. Algunos corren a confrontarse con los demás tan pronto como ven algo extraordinario; otros, aunque quieren ser testigos, vienen, pero no terminan de creer; y otros, como el discípulo amado, asocian lo extraordinario con el signo del resucitado.

El Evangelio dice: «Aún no habían comprendido que él tenía que resucitar de entre los muertos». ¡Qué difícil es entenderlo! Es difícil creer, incluso hoy, que la vida vence a la muerte, que el amor es más fuerte que el odio y que la cruz no es el final, sino el comienzo. Ahora les pregunto: ¿se han dado cuenta de que hay una palabra que se repite varias veces en este pasaje del Evangelio? La palabra que más se repite es, precisamente, «sepulcro». Los discípulos buscaban respuestas en el lugar equivocado. Un sepulcro es un lugar de muerte; hay que salir de allí, porque Jesús no está ahí.

La resurrección de Jesús no es solo un recuerdo o una promesa futura. Es una realidad presente. La nueva creación ha comenzado y nos alcanza hoy. También la piedra que había sobre nuestros corazones ha sido removida. La luz del día de Pascua disipa las tinieblas del miedo, la tristeza y el desánimo. Ya no estamos solos. El Resucitado camina a nuestro lado y nos llama a la vida. ¡Él está vivo!

La experiencia pascual se manifiesta en el encuentro con Cristo vivo, presente en la Palabra que nos interpela, en la Eucaristía que nos alimenta, en esta comunidad que se reúne en su nombre y, sobre todo, en la misión que nos confía: ser testigos de la resurrección.

Desde el sepulcro vacío, estamos llamados a ver con ojos nuevos, a vivir con nuevo ardor y a creer incluso sin comprenderlo todo. La fe pascual no exige una comprensión total, sino la disposición a permitir que la presencia del Resucitado nos transforme. No basta con admirar los signos o querer ser testigos de ellos; es necesario creer en ellos para pasar de la visión de la ausencia a la verdadera presencia.

Hermanos y hermanas, celebremos esta Pascua con alegría. No la celebremos como un rito repetido, sino como una renovación esperanzadora de nuestra fe. Ya no hay noche sin amanecer ni cruz sin resurrección: ¡la última palabra es siempre de Dios y es una palabra de vida!

Que la luz del Resucitado ilumine nuestra vida, avive nuestra fe, renueve nuestra esperanza y fortalezca nuestro amor. Y que cada uno de nosotros, como María Magdalena, Pedro y el Discípulo Amado, corra por el mundo anunciando: ¡Él está vivo! ¡Aleluya!

¡Feliz y santa Pascua de vida nueva a todos!

Padre Superior General Anselmo R. Ribeiro, SVD

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