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Unidos por el Espíritu: Diversidad que enriquece, interculturalidad que transforma
El Espíritu Santo no borra nuestras diferencias, sino que habla a través de ellas. En este Pentecostés celebramos una Iglesia nacida no en la uniformidad, sino en la diversidad. La interculturalidad no es un reto a superar, sino un don que enriquece y transforma. Unidos por el Espíritu, somos enviados como uno solo.
Lecturas: Hch 2,1-11; Sal 103 (104); 1 Corintios 12:3b-7, 12-13; Juan 20,19-23
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo, aquel que anima, reúne, envía y transforma. Es el día en que nació la Iglesia, no como una institución uniforme y cerrada, sino como viva, abierta y profundamente diferente.
En el relato de los Hechos de los Apóstoles, vemos un signo maravilloso:
«Cada uno los oyó hablar en su propia lengua». (Hechos 2:6.)
La gente se reunía de todas partes del mundo conocido —partos, medos, elamitas, romanos, cretenses, árabes…— y escuchaba la Buena Nueva en su propio idioma. El Espíritu Santo no estandarizó los idiomas en uno, sino que valoró todos y cada uno de ellos. Esto nos revela algo fundamental: Dios se comunica a través de la diversidad, y no a pesar de ella.
- La diversidad como don de Dios
El Espíritu no borra las diferencias. Él las acoge, las ordena y las transforma en riqueza. La verdadera comunión cristiana no exige que todos piensen, hablen o vivan de la misma manera, sino que cada uno reconozca en el otro a un hermano o hermana igualmente habitado por el Espíritu de Dios.
En la época actual de globalización y migración, nuestra realidad se está volviendo cada vez más intercultural. Dentro de nuestras comunidades hay latinoamericanos, africanos, asiáticos, europeos. También hay diversidad de género, generación, estilos de vida y experiencias. Pentecostés nos invita a celebrar esta variedad como una expresión de la presencia de Dios entre nosotros.
- Interculturalidad: un camino hacia la misión
La interculturalidad no es solo convivir. Se trata de aprender los unos de los otros, se trata de permitir que la cultura del otro enriquezca también la fe de uno. La Iglesia sólo será verdaderamente misionera si está dispuesta a escuchar y aprender con los pueblos, las lenguas y las culturas.
Jesús resucitado envía a sus discípulos diciendo:
«La paz sea con ustedes. Como el Padre me envió, así también yo los envío a ustedes. Habiendo dicho esto, Jesús sopló sobre ellos y dijo: «Reciban el Espíritu Santo»». (Juan 20:21-22)
El don del Espíritu contiene dos momentos: llenarse de paz y salir al encuentro de los demás, diferentes de uno mismo.
A este movimiento en salida, impregnado de la Paz y del Espíritu de Dios, podemos llamarlo una misión. Y esto no se logra con palabras que el otro no entiende, sino con gestos que acogen, escuchan y respetan. La misión del Espíritu no es dominar, sino construir puentes entre los diferentes pueblos.
- Un cuerpo, muchos miembros
San Pablo nos recuerda que:
«Hay diversos dones, pero el Espíritu es el mismo» (1 Co 12,4).
La imagen del cuerpo nos ayuda a comprender que la unidad de la Iglesia no se trata de uniformidad, sino de armonía entre las diferencias. Cuando excluimos la cultura de otro, rechazamos una parte del Cuerpo de Cristo.
Aquí, en esta casa, celebramos el Pentecostés del Año Jubilar SVD. Como comunidad misionera, hemos construido una historia de 150 años, reuniendo a diversas personas y dones. Su objetivo es dar testimonio de la buena noticia del Evangelio, como luz para las naciones y lámpara para nuestros pasos. Aunque somos muchos, buscamos, con nuestra vida, dar testimonio de la unidad que es posible y de la comunión que se desea. San Arnoldo Janssen afirmaba que el Espíritu Santo fue el verdadero fundador de nuestra obra misionera, y los frutos que se han cosechado a lo largo de los años lo confirman.
Conclusión:
Mis hermanos y hermanas, celebrar Pentecostés es abrirse al Espíritu que nos une en la diversidad. Es permitir que el otro, con su idioma, su historia y su cultura, revele algo nuevo sobre Dios. El Espíritu Santo sopla donde quiere, y hoy sopla en los vientos de la interculturalidad, pidiendo una Iglesia que hable todas las lenguas, escuche todas las voces y acoja todos los rostros de Dios en el mundo.
Que seamos, como los discípulos en el Cenáculo, llenos del Espíritu Santo, enviados al mundo para anunciar la Buena Nueva que habla todos los idiomas y respeta todas las culturas. Amén.
Padre General Anselmo R. Ribeiro, SVD