- 2025-10-28
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Lectura Recomendada: El Giro Constantiniano en el Relato Eclesial: En la Intersección del Poder del Imperio y la Vulnerabilidad de la Cruz.
Navegando a través de la historia del Imperio Romano, Thomas investiga en primer lugar su transformación de una estructura republicana a un gobierno imperial y, en segundo lugar, presenta la «theologia crucis» de Pablo Apóstol como la meta central de la misión y de la Iglesia.
El Imperio Romano surgió como una estructura formidable gracias a la sinergia del poder político, militar y económico, y a la lealtad coercitiva. Sin embargo, el giro histórico se produjo en el año 312 d.C. con la conversión de Constantino y el establecimiento del cristianismo como religión oficial del Estado. Al promover el cristianismo, se posicionó como un gobernante sancionado divinamente para fortalecer su legitimidad política. El Edicto de Milán en el año 313 d.C. mitigó los conflictos religiosos, reforzó la autoridad imperial y fomentó la lealtad al Estado. La convocatoria del Concilio de Nicea en el año 325 d.C. tuvo como objetivo abordar las disputas teológicas y unificar las doctrinas cristianas. De este modo, al intervenir en los asuntos de la Iglesia, Constantino reforzó la idea de que el emperador tenía un papel tanto en el gobierno secular como en el espiritual. Estos poderes duales estabilizaron su gran imperio.
El núcleo de la cuestión surgió en la intersección entre el imperio y la vulnerabilidad de la cruz. Los judíos tradicionales veían la crucifixión no solo como la muerte más humillante, sino también como un obstáculo o escándalo. Solían citar con frecuencia: «Maldito por Dios todo aquel que cuelga de un madero» (Dt 21,23). Esta creencia llevó a la persecución de los primeros cristianos como defensores de una idea blasfema. En este contexto, Pablo proclamó con asombro: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1Cor 1,23). Su encuentro personal con el Señor resucitado provocó un cambio radical y milagroso en su pensamiento. Para él, Cristo crucificado es aquel a quien Dios resucitó a la vida. Además, la crucifixión de Jesús es el acontecimiento salvífico que transforma radicalmente el mundo, brindando a los seres humanos un nuevo impulso para pensar y actuar. El Evangelio no es más que la representación de Cristo crucificado (cf. Gal 3,1). Pablo se alinea plenamente con la tradición bíblica que sostiene que de la debilidad nace una enorme fuerza. La salvación no se alcanza mediante la adquisición de gnosis, sino por la aceptación de la fe que Pablo y otros presentan como el kerygma (p. 49).
En consecuencia, el autor extrae las implicaciones de la existencia cruciforme tanto para el individuo como para la comunidad. La existencia cruciforme consiste en dejar que la propia vida sea modelada según el patrón de la cruz de Cristo. Esta idea resultará desagradable para una mentalidad moldeada por la cultura actual, que solo valora lo satisfactorio y ve la cruz únicamente como un emblema de dolor y sufrimiento. Las contribuciones de los líderes y pastores en la comunidad no son nada comparadas con la obra salvífica de Cristo. La verdadera sabiduría cristiana es la preocupación activa por los hermanos, especialmente por los pobres. Este es el estilo de vida que Pablo recomienda a todos los cristianos: el camino del servicio, el camino de la cruz. Una teología que comienza en la cruz es, para Pablo, el antídoto radical contra toda religión que no sea más que una copia de una superestructura en búsqueda de poder. La idea paulina del Señor crucificado como símbolo definitorio de la misión cristiana contrasta radicalmente con la postura triunfalista que la cristiandad ha adoptado durante largo tiempo.