- svd-prms
- / INM
- / Animación Espiritual / Reflexión / Socios Laicos / Visita del P. General
Dar testimonio en lugares frágiles
La misión revela con frecuencia su significado más profundo no en la fuerza, sino en la debilidad.
Hoy, más que nunca, nuestra presencia se encuentra en lugares marcados por el conflicto social, la guerra, la incertidumbre y el miedo. No son asignaciones fáciles. Son espacios frágiles. Sin embargo, es precisamente allí donde el Evangelio debe ser vivido y testimoniado.
Tomemos Ucrania como ejemplo. Nuestros cohermanos han tomado una decisión valiente y llena de fe: permanecer. Somos solo tres cohermanos allí. Solo tres. Sus posibilidades son limitadas. La Iglesia Ortodoxa es más fuerte y está más establecida. Externamente, podemos parecer pequeños, casi invisibles.
Pero la misión no se mide por números.
Como nos recuerda san Pablo:
«Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad.» (2 Corintios 12,9)
Cada tarde, nuestros cohermanos celebran la Eucaristía. Permanecen disponibles para la confesión. Se mantienen presentes. Y esa presencia habla más fuerte que cualquier estadística.
Muchas familias, especialmente los padres, participan en las liturgias de la Iglesia Ortodoxa. Sin embargo, cuando buscan acompañamiento personal, orientación o simplemente alguien que los escuche, a menudo no encuentran a nadie disponible oficialmente. En silencio, a veces discretamente, llegan a nuestra parroquia. Algunos llegan con lágrimas. Otros buscan orientación. Otros anhelan reconciliación.
Y nosotros estamos allí.
Estamos allí para escuchar.
Estamos allí para acompañar.
Estamos allí para reconciliar.
Estamos allí para dar testimonio.
Las Constituciones SVD nos recuerdan:
«La proclamación del Evangelio es el servicio que la Iglesia debe al mundo.» (Const. 105)
La misión no se trata de dominio ni de visibilidad. Se trata de una presencia fiel, especialmente donde la luz de Cristo parece debilitada. Se trata de permanecer junto a las personas en sus miedos e incertidumbres, convirtiéndonos en signos de esperanza.
En otro lugar, nuestras Constituciones nos llaman:
«Somos enviados a quienes aún no creen, a quienes han perdido el fervor de su fe y a quienes sufren.» (cf. Const. 106)
Ucrania no está sola. En Cuba y en muchas otras partes del mundo, nuestros cohermanos viven esta misma fidelidad silenciosa. En contextos políticamente sensibles, en comunidades económicamente vulnerables y en sociedades marcadas por la inestabilidad, continúan permaneciendo junto al pueblo.
Dar testimonio significa permanecer cuando sería más fácil marcharse.
Servir cuando el reconocimiento es mínimo.
Esperar cuando el entorno parece frágil.
Como nos asegura el Señor:
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.» (Mateo 5,9)
Y también:
«Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28,20)
En estos espacios heridos, el Evangelio no se proclama solo con palabras; se proclama mediante la presencia. Una presencia silenciosa y perseverante que refleja el corazón del Verbo Divino.
Esa presencia se convierte en nuestro testimonio.
Esa fidelidad se convierte en nuestra misión.