Congregación
del Verbo Divino

Polonia: El Santísimo Sacramento en la catedral de Łódź. Foto: Andrzej Danilewicz SVD.

El desierto enseñó a San Arnoldo Janssen

John Singarayar, SVD
Todavía recuerdo la primera vez que el silencio me inquietó. Era temprano en la mañana. La casa estaba vacía. El teléfono, boca abajo sobre la mesa. Había planeado orar. En cambio, caminé de un lado a otro en la cocina. El silencio se sentía demasiado fuerte, como si estuviera esperando algo que yo no sabía cómo ofrecer.
Fue entonces cuando comencé a entender por qué los santos se retiraban a lugares solitarios. No estaban huyendo. Estaban permitiendo que todo lo demás se desvaneciera para que algo más verdadero pudiera finalmente abrirse paso.

San Arnoldo Janssen comprendió esto mucho antes que la mayoría de nosotros. Sus desiertos no siempre fueron de arena y cielo. A veces eran bosques. A veces una habitación vacía. Un largo ayuno. Semanas en soledad. Como los hombres santos que lo precedieron, Arnoldo Janssen se apartó del ruido y del reconocimiento para encontrarse con Dios donde las distracciones no podían seguirlo. «Estén en silencio y reconozcan que yo soy Dios». Arnoldo Janssen aprendió que el silencio no es pasivo. Es exigente. Te despoja de todo.

Era capaz. Respetado. Un hombre con un gran futuro. Pero una y otra vez eligió retirarse. Buscó lugares donde su propia fuerza se agotara. De esta manera, su historia refleja lo que la Escritura siempre nos ha mostrado. Moisés encontró a Dios en el desierto. Elías huyó al desierto, cansado y con miedo, y escuchó a Dios en un susurro. Incluso Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto antes de comenzar su ministerio. El desierto viene antes de la claridad. Siempre.

Para Arnoldo Janssen, el desierto fue un lugar de confrontación sincera. Lejos de los elogios, tuvo que enfrentarse a sí mismo: sus temores, sus ambiciones, su misión, su necesidad de control. El desierto tiene la capacidad de sacar estas cosas a la luz. No hay dónde esconderse cuando el consuelo desaparece. «Mi alma tiene sed de ti; mi cuerpo te anhela, como tierra seca, agotada y sin agua». Arnoldo Janssen oró esas palabras con toda su vida, no solo con sus labios.

Lo que hace tan significativa la experiencia del desierto en Arnoldo Janssen no es que fuera heroica, sino que fue profundamente humana. Luchó. Dudó. Se enfrentó a lo que Dios le pedía. Sus decisiones parecían poco prácticas para otros, incluso extremas. Pero el desierto no busca aprobación. Solo pide fidelidad. «La atraeré al desierto y le hablaré al corazón». Arnoldo Janssen confió en esa ternura, incluso cuando tardaba en llegar.

Hay un momento en todo desierto en que la oración se vuelve árida. Las palabras parecen vacías. Dios parece distante. Arnoldo Janssen no se rindió. Permaneció. Y esa permanencia lo transformó. Suavizó su juicio. Profundizó su compasión. Cuando regresó a la comunidad, llevó el desierto consigo. El silencio le enseñó a escuchar. El hambre le enseñó misericordia. La soledad le enseñó a amar.

Pienso en Arnoldo Janssen cuando la vida se siente llena y vacía al mismo tiempo. Cuando el calendario está saturado, pero el alma se siente debilitada. Somos rápidos para pensar que la incomodidad es señal de que algo está mal. Los santos lo veían de otra manera. El desierto no era castigo. Era preparación. «En el desierto preparen el camino del Señor». Arnoldo Janssen permitió que el desierto lo preparara, incluso cuando dolía.

Su vida nos recuerda que la profundidad rara vez se forma en la comodidad. Crece donde aprendemos a soltar el control. En el desierto, Arnoldo Janssen aprendió que Dios no se encuentra en la actividad constante, sino en la presencia fiel. Aprendió a orar sin prisa. A servir sin buscar reconocimiento. A confiar sin ver el camino completo. Y esas lecciones no se quedaron en el desierto. Moldearon cada relación y cada decisión de su vida.

Ahora pienso en aquella mañana silenciosa y sonrío. Todavía me inquieto a veces. El silencio aún revela cosas que preferiría evitar. Pero el testimonio de Arnoldo Janssen me sostiene. La incomodidad no es el enemigo. Es la puerta. «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados». El desierto despierta esa hambre.

Arnoldo Janssen no escapó del mundo al entrar en el desierto. Aprendió a amarlo mejor. Y de esa manera, sus caminos solitarios todavía nos invitan hoy: aléjate por un momento. Permanece. Deja que Dios hable.

 

AN logotipo

Otras noticias e historias de Provincias, Regiones y Misiones

SVDlogo_black.png