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Misión JPIC: Construir una familia global para la transformación sistemática hacia una paz justa y duradera para toda la creación
El primer día nos invitó a reflexionar sobre las realidades cambiantes de nuestro mundo y a replantear la misión de JUPIC hoy. A través de pasajes bíblicos como Miqueas 6,8 y Lucas 4,18, nos confrontamos con la crisis global de valores, el debilitamiento de los derechos humanos y el deterioro de la sociedad civil. Lo que más me impactó fue el diálogo honesto y valiente entre los participantes. Religiosos y religiosas de distintas congregaciones compartieron sus experiencias desde diversos continentes, revelando tanto el sufrimiento como la esperanza presentes en nuestro mundo. A pesar de nuestras diferencias culturales y contextuales, existía un deseo común de redescubrir la comunidad, la solidaridad y la responsabilidad colectiva.
El segundo día se centró en el multilateralismo, la justicia climática y la economía política, inspirados también por Laudato Si’ y Laudate Deum. Las discusiones fueron intensas, pero constructivas. Analizamos cómo los sistemas globales de poder con frecuencia marginan a los pobres y dañan la creación. Sin embargo, lejos de generar desaliento, percibí un profundo compromiso entre los participantes para buscar respuestas prácticas y fundamentadas en la fe. El ambiente no era de acusación, sino de responsabilidad compartida y colaboración.
El tercer día, dedicado a la guerra, la injusticia y las alternativas no violentas, fue particularmente conmovedor. En un mundo cada vez más marcado por conflictos armados y la mentalidad de que «la fuerza da la razón», reflexionamos sobre la reconciliación y la construcción de una paz sostenible. El intercambio de experiencias concretas de construcción de paz por parte de distintas congregaciones religiosas fue profundamente inspirador. Quedó claro que JUPIC no es simplemente un concepto, sino un compromiso vivido. Escuchar los testimonios de quienes sirven en zonas de conflicto me recordó que nuestra vocación como misioneros y religiosos está íntimamente ligada al ministerio de la reconciliación.
El cuarto y quinto días estuvieron dedicados a metodologías prácticas para acompañar movimientos sociales y organizar oficinas y apostolados de JUPIC. Estas sesiones fueron concretas y muy útiles. El intercambio de buenas prácticas reveló un espíritu de apertura y generosidad. Ninguna congregación actuó de manera aislada; por el contrario, hubo una sincera disposición para aprender unos de otros. Me conmovió profundamente la humildad con la que los participantes compartieron tanto sus logros como sus desafíos.
Lo que más valoré durante todo el taller fue la buena voluntad genuina y la colaboración fraterna entre todos los participantes religiosos. Provenientes de distintos carismas y tradiciones, nos experimentamos como una sola familia global, unidos por el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia. La presencia de nuestros cohermanos SVD, junto con quienes participaron en línea, fortaleció nuestro sentido de pertenencia a un cuerpo misionero mundial comprometido con la justicia, la paz y la integridad de la creación.
Este taller no fue simplemente un encuentro de expertos; fue un momento de comunión, discernimiento y compromiso renovado. Regresé de esta experiencia con gratitud, convicción y esperanza, consciente de que construir una paz justa y duradera para toda la creación es una misión compartida que exige unidad, valentía y fe.