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Homilía de la Vigilia Pascual
del Padre Budi Kleden

Collegio del Verbo Divino, Roma
Abril 11, 2020

Queridos hermanos y hermanas,

«Después del sábado», así comienza el evangelio de esta noche. El sábado era el día después de la muerte de Jesús. María Magdalena y la otra María, que tanto amaba a Jesús, estaban en una situación de tristeza debido a una gran pérdida, la trágica muerte de su Señor y Maestro. Y después de ese sábado, lo único que los discípulos podían hacer para mostrar su amor por él era visitar su tumba donde estaba su cuerpo. Pero, como nos dice el Evangelio, las mujeres descubrieron que su cuerpo ya no estaba en la tumba. En ese instante lo perdieron todo, porque la tumba, que era el único recuerdo de su Señor, estaba vacía. Ni siquiera la tumba estaba a salvo. Para los discípulos, el terremoto que sintieron no fue simplemente una sensación externa. Fue más bien una experiencia existencial; experimentaron el colapso de un mundo que habían construido durante su tiempo con Jesús. Sus sueños y planes se perdieron, la esperanza de una nueva era de relación entre los humanos, desapareció. Si ahora incluso la tumba estaba vacía, ¿a dónde podrían volver para renovar su compromiso y encontrar su fuerza para vivir? Un mundo se había desplomado.

El sentimiento dominante después de ese sábado es el de la vulnerabilidad y la fragilidad del mundo, que también sentimos en esta época de pandemia. Nos enfrentamos a la fragilidad de los sistemas sanitarios, económicos y políticos de todos los países del mundo. Tantas reglas y hábitos, que hasta hace poco nos daban una sensación de seguridad y libertad, ahora han sido cambiados sin mucha protesta. Los muros de seguridad y protección son inútiles. La confianza en todo lo que los seres humanos han construido para asegurar una vida cómoda y segura se ha derrumbado. La fe también ha vacilado. Muchos cristianos se sorprendieron al ver las iglesias vacías, como la tumba de Jesús después de ese sábado. Muchos fieles están pasando por un momento difícil con su fe cuando ven que las personas más queridas por ellos, que compartieron sus vidas con ellos, su esposa, su novio, sus padres, sus hijos, sufren solos, mueren en aislamiento y son enterrados sin un rito religioso. Esta experiencia nos hace preguntar: ¿qué es lo esencial en la vida, en la fe?

Me gustaría compartir con ustedes dos pensamientos. El primero es: La Pascua abre una nueva realidad. La primera lectura nos habla de la creación del mundo. Al final de cada día el autor bíblico escribe: «Dios vio lo que había hecho, y he aquí que era algo muy bueno». (Gen 1.1.26-31) Pero el orden de la creación fue destruido por el pecado. La arrogancia de los seres humanos trajo la opresión y la discriminación de las naciones, la destrucción del orden natural. La experiencia de los israelitas en Egipto es el símbolo de esta realidad. La intervención del Señor es necesaria para crear una nueva humanidad y una nueva relación con la naturaleza. El Señor liberó a su pueblo, un pueblo indefenso y desarmado, sumergiendo en el mar a todos aquellos que confiaban en su fuerza y en sus muros de seguridad (Ex 14.15-15.1). En este nuevo mundo todos los sedientos y enfermos, los marginados y los pobres tienen un lugar asegurado por el mismo Señor, como nos dice el profeta Isaías en la tercera lectura (Is 55,1-11).

A través de la presente pandemia, el Señor nos lleva a una nueva vida. Sin embargo, sólo hay un camino que conduce a la nueva realidad: primero debemos cruzar el mar de las dificultades; debemos aprender con toda franqueza y sacar conclusiones de la experiencia de este tiempo de pandemia. Debemos convertirnos en hombres y mujeres nuevos, como escribe San Pablo en su carta a los Romanos (Rom 6.3-11). Debemos ser personas que estén dispuestas a tener una relación transformada con los demás y con la naturaleza. El Crucificado ha resucitado, no ha vuelto simplemente a su vida anterior. La Pascua es la resurrección, no la reanimación o revitalización del Señor. Una nueva vida, una nueva mentalidad y un nuevo estado de ánimo. El Señor Crucificado y Resucitado nos abre esta nueva realidad. Abrámonos para ser transformados por Él.

El segundo pensamiento es la importancia de tener coraje. María Magdalena y la otra María han encontrado la tumba vacía. La tumba está vacía, el Crucificado ha resucitado; el Señor está en camino porque es un Dios misionero. Ya en ese día después del sábado las dos mujeres recibieron el mandamiento de ir a anunciar: «Vayan y digan a sus discípulos», dice el ángel; «Vayan y anuncien a mis hermanos», ordena Jesús.

Caminar con el Señor no siempre significa tener éxitos brillantes. A menudo experimentamos dificultades que nos hacen sentir pequeños y débiles, como los israelitas saliendo de Egipto. Para cruzar el mar, hay que tener coraje. Para ir y anunciar que el Crucificado ha resucitado se requiere valor. Por eso el ángel, y luego el Señor resucitado, dijo a las mujeres: no tengan miedo, no tengan miedo. El mensaje de la Pascua en este tiempo de pandemia es tener coraje, arriesgarse a entrar en una situación nueva y desconocida. No nos dejemos condicionar por el miedo, porque el miedo no es un buen consejero.

En esta época de pandemia, el mundo necesita personas valientes que sigan siendo la buena noticia para los demás con su dedicación y atención, personas que encuentren diferentes maneras de mostrar su amor y solidaridad con los demás, especialmente con los más necesitados. Necesitamos coraje para enfrentar la discriminación que tantos enfermos experimentan en estos días en diferentes lugares. El coraje también se muestra al seguir las reglas para la protección de nosotros mismos y de los demás.

Queridos hermanos y hermanas,
Oremos para que la luz de la Pascua nos haga no sólo personas alegres sino también valientes, listas para transformar nuestras vidas y el mundo.