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03 de abril de 2021

Homilía de la Vigilia Pascual de P. Paulus Budi Kleden

La Pascua de Resurrección, la fiesta más importante de la Iglesia, proclama el mensaje fundamental de la fe cristiana, es decir, que Dios es amor, Él es el Dios de la vida que nos da vida y nos llama a promoverla. No se trata de una especie de vida idealista y abstracta, ajena a este mundo. Por el contrario, la vida creada y redimida por el Señor es la vida real, la vida que vivimos día tras día, marcada por muchas dificultades y problemas, pero no es una vida sin esperanza y experiencias de transformación. Las Lecturas de esta noche santa abren nuestros ojos para ver y entender nuestra realidad.

Hay veces en que nos encontramos en situaciones similares a la de Abraham en la segunda Lectura de hoy (Gn 22:1-2,9a, 10-13,15-18) cuando nos enfrentamos a reglas y leyes ya sean del Estado, de la Iglesia o de la Congregación, cuyas intención y razones no entendemos plenamente. Cuántas veces nos vemos a nosotros mismos como víctimas de las normas que se nos imponen; tenemos que vivir con decisiones que otros han tomado para nosotros, decisiones que requieren que dejemos cosas o personas muy importantes, cercanas y que me agradan. Nos enfrentamos a instrucciones que parecen destruir nuestro buen nombre, o algo que hemos estado construyendo con esmero durante años, algo que nos grantiza un futuro seguro, como Isaac lo era para Abraham. Tales experiencias desafían nuestra libertad y demuestran nuestra obediencia.

También nos puede pasar lo que sucedió a los israelitas en la narración de la tercera lectura (Ex 14: 15-15:1): de pie frente al mar, bloqueados y sin ningún medio para atravesarlo. Tal vez como individuos o como grupo hemos iniciado un proceso de renovación con mucho entusiasmo y esperanza, pero de repente todo se detiene, todo está bloqueado. El camino a seguir está cubierto, y sin embargo no podemos regresar porque regresar significa convertirse de nuevo en esclavos del viejo mundo. Esto sería un retroceso en nuestra perseverancia, en nuestra confianza y coraje, y en nuestra buena voluntad.

Del mismo modo, la actitud de las tres mujeres en el Evangelio (Mc 16, 1-7) refleja ciertas situaciones de nuestra vida. Urgidas por el amor, las mujeres fueron a la tumba de Jesús para ungir su cuerpo. Sin embargo, no pensaron bien en todo lo que se necesitaría para implementar tal acción de amor. Olvidaron un elemento crucial: ¿quién quitará la piedra para liberarles la entrada de la tumba? No pensar en todo lo necesario, no calcular todas las consecuencias de una iniciativa, también es parte de nuestra realidad. A menudo sucede que sólo en el medio camino nos damos cuenta de lo que nos falta para completar un cierto plan o proyecto. No siempre llegamos a planificar todo, no medimos bien nuestras fortalezas. Un proverbio italiano dice: «No dar un paso más allá de aquel que el pie pueda dar».

La Pascua de Resurreción nos ilumina para tener una mejor mirada sobre nuestra realidad. Ciertamente, nuestra vida no es sólo oscuraridad y llena de desesperación. La Pascua nos muestra que siempre hay una salida, que el Señor tiene el poder de abrirnos un nuevo camino, nos indica un camino diferente; que realmente existe una nueva realidad, que no es sólo un mito. Con el Señor resucitado podemos pasar de las tinieblas a la luz, de la tumba a la resurrección, de la muerte a la vida. Sin embargo, tenemos que seguir este camino, aceptando todo lo que la vida nos trae, sin negar y rechazar el lado sombrío de nuestra realidad.

Reflexionando sobre las Lecturas de hoy, me gustaría subrayar tres elementos fundamentales para tal éxodo. La primera es la confianza. La historia de Abraham y la narrativa acerca de los israelitas nos demuestran la importancia de la confianza: la confianza en el Señor y en aquellos a quienes se les confía la responsabilidad de guiar su pueblo. Debemos confiar nuestra vida al Señor: Él es quien nos ha dado la vida, y como nuestro Creador conoce nuestras debilidades y vulnerabilidad, como se dijo en la primera Lectura (Gn 1, 1, 26-31a). Esta confianza es el fundamento de nuestra esperanza en el Señor. Václav Havel, el presidente de la República Checa, nos recuerda que «la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte».

El segundo elemento es la perseverancia. El largo viaje durante el éxodo es el relato y la historia de la perseverancia: del Señor y de los israelitas. No se puede llegar a «La Tierra Prometida» en un sólo día; vivir en libertad y fraternidad requiere mucha paciencia. Entre el Viernes Santo y la resurrección del Señor hay un período de tiempo en el que nuestra perseverancia es puesta a prueba. Para superar un período de crisis, ya sea personal o global como esta Pandemia, tenemos que perseverar. La perseverancia nos hace crecer en la fe y en las virtudes humanas; nos ayuda a reconocer nuestra fuerza y debilidades.

La tercera es la compasión. El misterio pascual es el misterio de la solidaridad y la compasión del Señor que participa y comparte con nosotros nuestra realidad humana. De esta solidaridad sale la luz de la esperanza. Nosotros, a través del bautismo, como san Pablo confirma en la Epístola de hoy (Rm 6, 3-11), participamos en la vida de Jesús, y experimentamos su compasión, estamos llamados y empoderados para imitar su compasión en nuestra vida. El Señor resucitado nunca está cansado de ser compasivo.

Oremos para que la celebración de la Pascua nos haga crecer en confianza, perseverancia y compasión.

P. Budi Kleden, SVD
Superior General